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domingo, 1 de noviembre de 2020

     Edición Número 147, Girardot, Noviembre 1 de 2020:-Rebolero, ¡a mucho honor!


                                                         Edición Número 147 Girardot, Noviembre 1 de 2020


“Rebolero, ¡a mucho honor!”

(NELSON PINEDO FEDALLO[BARRANQUILLA 1928 (10 DE FEBRERO) / VALENCIA, VENEZUELA 2016 (27 DE OCTUBRE)])




 

Por Rafael Bassi Labarrera

Adiós al Almirante del Ritmo (Nelson Pinedo, el hombre que nació en el barrio Rebolo mientras se escuchaban los versos de la danza de El Torito que pasaba por la puerta de su casa; el crooner caribeño que con su tremenda voz y presencia le dio gloria a Colombia, a nuestro Caribe, y a Barranquilla, convirtiéndose en la primera gran estrella internacional y poniendo en el firmamento la música de nuestra región, emprendió su último viaje con destino al Olimpo de los músicos caribeños.)

 

Fue el porro Playa, brisa y mar, del compositor y guitarrista Rafael Campo Miranda, la canción que escogió Nelson Pinedo para su debut en Radio Progreso de La Habana, en los años cincuenta.  De esa manera inició su ascenso al estrellato.

Poco más de medio siglo después, un domingo 18 de diciembre de 2005, en el Estadio Moderno del Barrio Rebolo, el Instituto Distrital de Cultura y Turismo de Barranquilla le rindió un merecido homenaje. Fue un inolvidable regalo de Navidad. Tremendo concierto con entradas gratuitas en el que su público orgulloso le gritaba <<rebolero>> y Nelson respondía: << ¡A mucho honor! >> En esa ocasión, hace poco más de una década, tuvimos la oportunidad de compartir una extensa y sabrosa conversación con el famoso Pollo barranquillero. Haciendo gala de su buena memoria y de su gran capacidad narrativa nos recordó sus inicios artísticos en la Barranquilla de los años cuarenta:

<< Mis comienzos fueron cantando como aficionado en Barranquilla. Antes fui locutor comercial y de noticias en la Voz de La Patria. Pero después hice un recorrido interesante con orquestas de la costa, empezando con la del maestro Julio Lastra como cantante de boleros. Después estuve en la orquesta de los hermanos Rodríguez Moreno, con ellos hice una gira a Maracaibo, mi primera salida al exterior,  y grabé el bolero Mucho, mucho, mucho. Regresamos a Barranquilla y me conecté con el maestro Antonio María Peñaloza para trabajar en los bailes de carnaval en el Country Club. Por aquellos días llegó el señor Danielson, dueño del Club Miramar, de Bogotá, quien estaba por inaugurar el Club La Casbah, situado arriba del teatro Mogador. Peñaloza pidió llevarme como el crooner para esa orquesta que allá iban a conformar. Danielson, que le tenía a Peñaloza la orquesta preparada, le dijo ‘vengo a buscarlo únicamente a usted’, pero Peña le dijo que iba si con él íbamos el bajista, el baterista y aquél muchacho -señalándome-  que era yo. El empresario le respondió que le tenía dos cantantes. Fue cuando Peñaloza dijo: Sino va él, yo no voy. Esa gratitud la guardo para toda la vida. Tengo que reconocerle al maestro haber creído en mí>>.

Al igual que Justo Almario, Joe Madrid y otros músicos colombianos, Nelson Pinedo no escatima elogios para las enseñanzas que le dio el maestro Antonio María Peñaloza.

<< La época que viví con el maestro Peñaloza en Bogotá fue para mí un posgrado de música. Me preparé y aprendí muchísimas cosas. El Club La Casbah era para la clase media-alta y la high de Bogotá. Súperelegante, exclusivo. Su público era muy refinado. Ahí no entraba el que quería, sino el que podía. La dotación era un cantante francés que tocaba trompeta, acordeón, un hombre polifacético; su esposa, quien también era cantante, Cervantes en la batería, uno de los hermanos Fernández en el saxo, Peñaloza primera trompeta, y un pianista de primera, Alex Disroma, traído especialmente de Perú.

El repertorio incluía temas en español, inglés, portugués e italiano. Esa orquesta hacía jazz, hacía la música nuestra, música española, argentina, hacíamos de todo. Tenía un repertorio tal que los cantantes de Bogotá iban en su día libre a escucharnos y algunos a aprender. Llegamos a ser los dueños de la noche en Bogotá. Antonio María Peñaloza, su orquesta, y su crooner, Nelson Pinedo>>.




ME VOY PA’ LA HABANA

Calentando la fría noche santafereña y soñando con viajar al extranjero, Nelson Pinedo conoció a los músicos de la orquesta Casino de Sevilla, que se presentaba en el Grill Europa.

<<En sus días libres los españoles nos iban a ver a la Casbah, la boite que competía con el Grill Europa, los dos locales de más categoría que había en Bogotá en esa época. Los muchachos de la orquesta Casino de Sevilla la pasaban muy bien con nosotros, de manera que nos hicimos muy buenos amigos. A ellos les encantaba la música de Peñaloza, sus arreglos maravillosos del folclor colombiano, de bambucos, pasillos, bundes, toda la música del altiplano y de las costas colombianas. Los españoles quedaron encantados con nuestra versatilidad. Me escuchaban cantando en varios idiomas: inglés, francés, italiano, portugués, estaban fascinados. Pasó el tiempo y no volvimos a verlos.

Un día estaba sacando el pasaporte en el Capitolio. Me encontré en la calle con una señora que me dijo que su esposo tenía un telegrama que me habían mandado de La Habana. Era del director del Casino de Sevilla, que ahora se llamaba  Serenata Española, y me solicitaba que fuera a trabajar con ellos, aunque ya no se acordaban de mi apellido. El telegrama decía: ‘Soliciten a Nelson Nieto’. Yo no tenía en mente ir a Cuba, eso era para mí algo inalcanzable, entonces era La Meca del mundo hispanohablante. Todos los artistas latinoamericanos tenían que refrendar su prestigio en La Habana. Era el epicentro del mundo artístico hispano. Y como las ocasiones hay que agarrarlas al vuelo…>>.

Nelson Pinedo no viajó directo a La Habana sino que hizo escala en Caracas para visitar a su amigo Chucho Sanoja, tal como lo había previsto. Entonces Sanoja lo relacionó con el representante Ángel Pintado, quien manejaba a artistas de la talla de Pedro Infante, y este le dio a Nelson una tarjeta para Tito Garrote, su socio en La Habana.

<<Caigo en La Habana, pero no voy directamente a la Sonora, ni a Radio Progreso. Llego a la orquesta Serenata Española y tengo que actuar con los atuendos típicos españoles, eran cuatro trajes bellísimos. Era un muchacho de 25 años, delgado, con figura de torero. Imagínate un curranbero, un corroncho vestido de andaluz. Con esa orquesta grabé cuatro temas: Yo te diré, una romanza italiana; Volverán, volverán, una canción basada en las rimas de Bécquer; Entre tus brazos, una balada del pianista de la orquesta, y un chotis titulado Monísima, que fue el que pegó en la radio>>.

Con la orquesta Serenata Española no pasó real mente nada especial. Aunque impusieron aquel chotis en la radio habanera, a los tres meses tuvieron que regresar a España, y Nelson se quedó buscando su destino en el competido ambiente habanero, apoyado ahora por el representante artístico Tito Garrote. Teniendo como tarjeta de presentación los discos grabados con Serenata Española, el Conjunto de Luis Santí y el realizado con Don Américo y sus Caribes, el representante Tito Garrote decidió ir en busca de una oportunidad para Nelson Pinedo en Radio Progreso.

<<Entramos una tarde, a las cinco y media, a Radio Progreso, que quedaba al lado del Capitolio, ahí en los bajos del  Centro Gallego. Un estudio muy pequeñito y la entrada era muy incómoda. Allá nos encontramos con Rogelio Martínez y Daniel Santos que estaban revisando los temas que iban a tocar esa tarde. Daniel, con esa personalidad que se gastaba, muy propia de él, que siempre he respetado por su verticalidad, un poco hosco y muy satírico, lanzó una frase en son de chiste: ‘Aquí no cabe uno más’. Nos reímos y seguimos a la oficina donde les mostramos los discos. No pasó nada, pero, a los tres días llamaron urgentemente a Tito Garrote para pedirle que yo hiciera una suplencia a Daniel Santos, que se había ido para México sin avisar. ‘Serán como unos 15 días, porque él va a regresar’, le dijeron>>.

<<Todo se me juntó como una andanada, cantar con la Sonora Matancera y hacerle la suplencia a Daniel Santos. Ese fue el golpe maestro en mi carrera. Entonces Tito, en un momento de audacia, decide no cobrar nada, y yo lo lamentaba porque estaba comiendo cable, hacía meses que no trabajaba, estaba golpeado económicamente. Le dije a Garrote: ‘No juegues con mi estómago’, y él me respondió: ‘Tranquilo, que usted está bajo mi responsabilidad’. Él era también el empresario de Benny Moré, de Fernando Albuerne, de Olga Guillot, de Rolando LaSerie, de Lucho Gatica, de las grandes figuras, y ahí, modestamente, tuve yo un espacio muy especial>>.

 

LA SONORA MATANCERA

Nelson Pinedo llegó a la Sonora Matancera, la ya famosa orquesta que dirigía Rogelio Martínez, y se quedó por cinco años. Fue una época gloriosa para el cantante barranquillero, quien entre 1953 y 1958, y con su porro familiarizado en guaracha ayudó a internacionalizar la música el caribe colombiano.

<< Cuando entré en la Sonora Matancera, hicieron un jingle para anunciarme previamente, y es cuando surge la hermosa simbiosis musical entre el porro y la guaracha. Llevo un tema de Rafael Campo Miranda que dice Playa, brisa y mar… que fascinó a Rogelio, y pegó tanto el jingle que la gente llamaba para que sonara toda la canción completa. Para debutar presento El ermitaño, de Rafael Escalona, y Momposina, de José Barros. Así nacen las fusiones del porro colombiano con la guaracha cubana, y del vallenato con la guaracha. El éxito de El Ermitaño fue tan grande que en los carnavales de Santiago de Cuba las comparsas orientales arrollaron con esa composición de Rafael Escalona. ¡Ay, Dios mío!

Cuando empezamos con la cuestión del ritmo colombiano, insistía que lo tocaran como porro y a la Sonora no le salía. Estando en esa situación, Rogelio me preguntó por otros temas. Entonces le presenté El vaquero, El Mochilón, Mi casita linda y Trópico, aquello fue un aluvión de éxitos, por eso tengo en la discografía de la Sonora Matancera, mínimo, cuarenta éxitos>>.

Otra importante faceta de Nelson Pinedo como intérprete es la de bolerista, <<con una perfecta dicción>>, como dijera Tito Rodríguez al invitarlo a grabar con su orquesta.

Estando en Nueva York fui contratado por seis meses para presentarme en el Cabo Rojeño. En mi debut me acompañó la orquesta de Tito Puente, que mantenía una rivalidad con la de Tito Rodríguez. Al terminar mi actuación fui invitado por Tito a su mesa, declarándome su admiración me propuso grabar un disco con su orquesta. Los arreglistas de los temas de ese álbum fueron René Hernández y Ray Santos. Allí incluí el bolero Corazón, del empresario barranquillero Rafael Roncallo Vilar, un aristócrata de la bohemia currambera.  Muchas veces canté en su Emisoras Unidas y escuché con el Trío Serenata, de Rafael Mejía, ese hermoso bolero. También incluí en ese long play el clásico Kalamary, de Lucho Bermúdez. Al final de ese tema yo mismo me respondo en el coro, y al escuchar eso, Tito Rodríguez me dijo: ‘Oye Nelson, tú eres tremendo sonero’>>.

Napoleón Pinedo Fedullo nació en Barranquilla el10 de febrero de 1928. Desde sus primeros éxitos en el extranjero se convirtió en un embajador cultural barranquillero, paseando orgullosamente el nombre de nuestra ciudad por el mundo entero.

<<La mona Fedullo era mi madre, hija de napolitano, nacida en el puerto de Honda, Tolima, pero desde pequeñita vino a Barranquilla. Ella me contaba que cuando yo estaba naciendo en el barrio Rebolo se escuchaban los versos dela danza de El Torito que iban pasando por la puerta de la casa. Estuvo conmigo en La Habana, Argentina y México. Mi padre genético fue el director de orquesta Alejandro Barranco, y mi padre adoptivo, Julio Pinedo>>.

La cheveridad barranquillera de Nelson Pinedo se hizo sentir en las mágicas noches habaneras de los años cincuenta, dejando para la inmortalidad del clásico matancero ‘La esquina del movimiento’.

<<El compositor es Senén Suárez, guitarrista y cantante, que tenía un conjunto que se presentaba en el cabaret Tropicana de La Habana. Senén me escuchaba atento cuando cantaba, y una vez se acercó para decirme: ‘Nelson, tengo un tema que va bien contigo’. Ya la Sonora le había grabado varios  números a Senén, casi todos cantados por Celia Cruz. Como él sabía que yo me movía en todos los ritmos, me dio además dos boleros: Muñeca Adorada y Una Equivocación. La esquina del movimiento hace parte de la iconografía latinoamericana. En Caracas con esa guaracha se recogía plata para los guerrilleros de Fidel Castro que estaban todavía en la Sierra Maestra.

Otro tema que hace parte de mi repertorio es El muñeco de la ciudad, un merengue venezolano que le escuché al cantante venezolano Mario Suárez aquí en Barranquilla, cuando me estaba colando como cantante aficionado en Emisora Variedades. Ese número me gustó y me lo guardé, y tiempo después lo grabé con la Sonora Matancera>>.

Claro que la canción que identifica universalmente a Nelson Pinedo es el porro ‘Me voy pa’ La Habana’, autoría del compositor barranquillero José María Peñaranda, que en su versión original se titula ‘Me voy pa’ Cataca’. Nelson cambió ese nominativo por el de La Habana, y lo convirtió en su pasaporte musical.

<<Me voy pa’ La Habana es la historia de mi vida. Siempre me han preguntado por Carmela y he respondido, pregúntenle a Peñaranda. Lo que hice fue cambiarle el título y la procedencia, puse lo que soy, oriundo de Barranquilla, y convertí ese número en mi cédula musical. Mucha gente en La Habana no sabía de donde era yo>>.

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LATITUD / 30.10.2016 / # 1716 / LA REVISTA DOMINICAL DE EL HERALDO. FOTOS DE INTERNET.

Edición Número 147, Noviembre 1 de 2020

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miércoles, 23 de septiembre de 2020

 Edición Número 144, Girardot, Septiembre 23 de 2020:-NELSON PINEDO, de Barranquilla a La Habana




                                                           Edición Número 144 Girardot, Septiembre 23 de 2020



NELSON PINEDO, de Barranquilla a La Habana

Por Jairo Solano Alonso

 

Adiós al Almirante del Ritmo (Nelson Pinedo, el hombre que nació en el barrio Rebolo mientras se escuchaban los versos de la danza de El Torito que pasaba por la puerta de su casa; el crooner caribeño que con su tremenda voz y presencia le dio gloria a Colombia, a nuestro Caribe, y a Barranquilla, convirtiéndose en la primera gran estrella internacional y poniendo en el firmamento la música de nuestra región, emprendió su último viaje con destino al Olimpo de los músicos caribeños.)



La trascendencia del cantante barranquillero Nelson Pinedo reside en el hecho de que logró incursionar exitosamente en el exigente medio musical cubano de los años 50, en la fase cenital de la Sonora Matancera, agrupación fundada en 1924 por el legendario Valentín Can y que para la época se daba el lujo de acompañar con su formato de trompetas, piano y percusión a las más rutilantes estrellas del firmamento musical desde que sus directores decidieron brindar su marco instrumental a las voces más representativas de Cuba y Latinoamérica.

Cuando Nelson recaló en La Habana, no es que en Cuba no descollaran agrupaciones y cantantes de gran renombre y en el apogeo de su gloria musical. Mencionemos, entre otras, la Orquesta Riverside, con el legendario Tito Gómez; el Conjunto Casino, con Roberto Faz; el de Arsenio Rodríguez, el ciego maravilloso, quien con la magia de su tres inventó el tumbao moderno del son. Aún en los cincuenta se mantenía el prestigio de la orquesta Casino de La Playa, que contribuyó con gran originalidad a la ‘cubanización’ de la jazz band norteamericana y  exhibía desde finales de los años 30 el vigor vocal de Miguelito Valdez, y el virtuosismo de Anselmo Sacasas, la orquesta de Bebo Valdez, la Banda Gigante del gran sonero Benny Moré, en 1953, entre otras.

El reto que le esperaba a Nelson era inmenso. En aquel entonces se presentaba una fructífera confluencia de la música cubana y la norteamericana a través del jazz y el swing que se tradujo en resonancias compartidas que se expresaron en el movimiento del feeling, que desde los años 40 había impregnado al bolero y al danzón con una forma distinta de decir las canciones. La radio cubana y el cine norteamericano y mexicano influían en Latinoamérica incorporando a sus películas a intérpretes que la pantalla convirtió en ídolos.

Cuando a sus 25 años Nelson Pinedo arriba a La Habana encuentra un repertorio musical nutrido que constituía el espíritu de una época creativa que adelantaba una generación de músicos en todas las esquinas del caribe de México, Venezuela y Colombia. De ahí los fructíferos intercambios que en su momento entendieron cabalmente los líderes del espectáculo de la isla.

El cantante barranquillero, sin embargo, tuvo la lucidez de llevar una propuesta nueva, fresca, que revolucionaría, en su momento, el competido proscenio musical cubano: los ritmos del Caribe colombiano, el porro y los aires narrativos de la provincia del Magdalena en sus versiones orquestales, que ya eran conocidos después de la presencia de Lucho Bermúdez en la Isla. Nelson logró que los arreglistas de la Sonora hicieran una fusión afortunada y exitosa que convirtió a los números colombianos en éxitos de gran factura. Los vasos comunicantes de la vida social y cultural en América Latina que actúan en relación con los intercambios económicos hicieron posible la interacción entre la música de las vivaces islas del Caribe y Colombia.

Por otra parte, la Barranquilla de donde procedía Nelson era hacia los años 30 y 40 una ciudad floreciente en industria y comercio, que contaba con un publico conocedor de los ritmos continentales, y que por la radio y el cine había incorporado en su imaginario ídolos del cine y la canción.

La Puerta de Oro de Colombia recibía con esplendidez y generosidad a los artistas que la visitaban, lo que impulsaba a algunos barranquilleros talentosos como Nelson Pinedo a soñar con emular a sus visitantes prestigiosos. Era tal el derroche del imaginario que para algunos representaba la única salida para eludir la impronta   de la pobreza.

Ya desde entonces en sus vitrolas los barranquilleros contaban con la oferta musical de los ritmos norteamericanos señalados, pero además disfrutaban tangos argentinos, rancheras y huapangos mexicanos, plenas puertorriqueñas y merengues dominicanos que empezaron a desplazar a los andinos bambucos y pasillos colombianos. La música de la Costa comenzaba a desplazarse de la calle a los grandes salones de baile, lo que indujo a algunos compositores como José María Camacho y Cano a llevarlas al acetato, hacia 1928.

Desde la segunda mitad de los años 20 la música cubana influyó decisivamente en Barranquilla, gracias a la avanzada radiodifusión cubana que permitía que se escucharan en decenas de receptores locales los programas que se emitían en las emisoras cubanas CMQ, Radio Progreso y Cadena Azul. El 8 de diciembre de 1929 se fundó la primera emisora radial colombiana La Voz de Barranquilla, gracias a Elías Pellet Buitrago, y para esos días los importadores de discos de RCA, Ezequiel Rosado y Emigdio Velasco, introducen acetatos de boleros, guarachas y sones cubanos.

Hay que recordar que la vida y triunfos de las estrellas del firmamento artístico de Cuba se conocían en la ciudad por la difusión de sus actuaciones en las páginas de las revistas Carteles y Bohemia, que desde comienzos del siglo XX daban cuenta del movimiento de la cultura y el espectáculo en la Isla, que siempre fue cercana sociológica y lingüísticamente a los habitantes del Caribe colombiano, que escuchaban cotidianamente una música que los barranquilleros y cartageneros hicieron suya y vinculándola a su vida, a sus fiestas y a su baile.

Desde antes de los años 30 se conocía en Barranquilla la música cubana. Con especial delectación se escuchaba al Trío Matamoros de Ciro, Cueto y Miguel, pero también al Septeto Nacional de Ignacio Piñeiro, el Cuarteto Mayarí y otros grupos cubanos. Los Matamoros visitaron la ciudad en 1934 y se anclaron en el alma colectiva de los barranquilleros de entonces.

No obstante, todos los entendidos coinciden en señalar que el hito de la música cubana de la década del 30 fue la presencia en nuestra ciudad de la orquesta Casino de La Playa, entre el 19 y el 26 de agosto de 1939, ofreciendo espectáculos diarios en la ciudad.  La orquesta debutó en el teatro Rex, bello escenario que exhibía su arquitectura tipo  art déco, y continuó sus presentaciones en Las Quintas, San Roque, Caldas y el Club Barranquilla.

Como puede verse, Barranquilla, acogía con fervor a las orquestas cubanas y el pueblo las hacía suyas en las festividades de Carnaval y en los numerosos teatros que poseía, por eso era explicable que en los años 40 la ciudad acogiese al Trío Oriental, al Cuarteto Marcano, los Jóvenes del Cayo y la orquesta del catalán Xavier Cugat, que se presentó en el teatro Apolo.

Ya en los años 50 el prestigio de la Sonora Matancera era total. Coincidiendo con el debut de Nelson Pinedo en La Habana, visita la ciudad en mayo de 1953 otro de sus ídolos, el cantante puertorriqueño que triunfaba en Cuba y en el Continente: el Inquieto Anacobero, Daniel Santos, quien se presentó en la ciudad en escenarios populares, el 30 de mayo y el 4 de junio de 1953, contratado por Roberto Esper. Daniel representaba el rito caribeño de la guayabera, los zapatos de dos tonos y el sombrero de tartarita, que tenía mucho que ver con Cuba y sus cantantes.

Era indudable que lo que sucedía en los años 50 cuando Nelson Pinedo se desplazó a La Habana es la culminación de un proceso que se había iniciado desde finales de los años 20 cuando Barranquilla hace suya la música caribeña representada por Cuba, Santo Domingo y Puerto Rico.

Hacia finales de los años 20 ya Barranquilla había ingresado al elenco de las jazz band. Competían entonces en la ciudad la Jazz Band Barranquilla (1927); la orquesta Nuevo Horizonte, de Francisco Tomás Rodríguez (1929);  la Orquesta Sosa (1934) y la orquesta de la recién inaugurada Voz de Barranquilla, HKD; la orquesta de Julio Lastra, de la Voz de la Patria. Así mismo se conocieron la Orquesta Pájaro Azul y Emisora Atlántico Jazz Band (1946), inicialmente dirigida por el italiano Guido Perla y después por el joven trompetista y gran orquestador Pacho Galán.

Todos estos antecedentes confluyeron para que el joven Nelson Pinedo tuviese un background adecuado para intervenir con éxito en las grandes tarimas internacionales y así superar sus condiciones existenciales en Colombia. Con la decisión y seguridad que lo caracterizaron siempre, se enfrentó a un medio musical de alta competencia en el que descollaban figuras de la talla del boricua Daniel Santos, Bienvenido Granda, Miguelito Valdés, Celia Cruz, Mirta Silva, Leo Marini, Bobby Capó y Vicentico Valdés, logrando el triunfo apetecido.

 

ENTRE EL MAR Y LA MONTAÑA

Por singular paradoja, o coincidencia afortunada, tanto Colombia como Cuba vivían  sumergidos en coyunturas comunes de prosperidad y miseria social en las cuales la vida artística representaba una salida para los jóvenes de extracción popular que veían en la fama la única posibilidad de ascenso social que en condiciones normales no podían lograr.

Barranquilla, ciudad en la que creció Nelson en los años 40, sin alcanzar la dimensión de La Habana, era aún la altiva urbe que desde las primeras décadas del siglo XX se erigió airosa como la cuna de la modernidad en Colombia y donde despuntó la industria y el comercio originando una belle époque en la que floreció el arte moderno y se universalizó la cultura colombiana aún atada al estrecho horizonte tradicionalista y cerrado de las montañas andinas. En Bogotá, la capital que se preciaba de ser la Atenas Latinoamericana, prevalecían bucólicas tonadas de pasillos y bambucos con total desprecio de las resonancias musicales caribeñas.

Para su fortuna, Nelson tenía unos antecedentes adquiridos en una urbe abierta al mundo como Barranquilla y muy cercana, desde la colonia, a las indelebles influencias cubanas. Su ciudad, altiva y progresista, se consideraba aún el primer puerto aéreo, marítimo y fluvial de Colombia y la introductora de pautas de modernidad al interior del país. A tono con esa ciudad abierta al mundo, Pinedo se preparó recibiendo clases de inglés por correspondencia y adquirió una dicción neutra, excepcional en español y en inglés, que lo habilitó para insertarse con fortuna tanto en la canción romántica tradicional hispanoamericana como en los aires norteamericanos en los que el jazz y el swing marcaban la pauta.

Por eso Nelson Pinedo, después de ser reconocido en su entorno, decidió brindar su voz a la capital del país a principios de los años 50. Para esa primera aventura recibió el apoyo decidido de Antonio María Peñaloza, y de su mano desfiló con buen suceso por los principales centros nocturnos santafereños. Al fin y al cabo la ciudad que acababa de salir del Bogotazo de 1948 necesitaba un bálsamo que serenara los espíritus luego de ser arrasada por la gigantesca revuelta popular provocada por el asesinato del caudillo liberal Jorge Eliécer Gaitán, originando el periodo histórico conocido como la Violencia, y ese lenitivo lo constituyeron la música y el baile.

Mientras tanto Bogotá exhibía una floreciente economía y su poder político era reforzado por el centralismo político y administrativo; a la usanza de México y La Habana, la capital del país configuró una vida nocturna que atrajo músicos de todo el país. No obstante Barranquilla prosiguió su marcha musical con una gran reserva cultural y en las décadas del 50, 60 y 70 mantuvo su imaginario de urbe moderna y continuó siendo un baluarte para todas las expresiones artísticas, en gran medida reforzadas por la inextinguible fortaleza de su carnaval.

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LATITUD / 30.10.2016 / # 1716 / LA REVISTA DOMINICAL DE EL HERALDO. TEXTOS Y FOTO.

Edición Número 144, Girardot, Septiembre 23 de 2020

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lunes, 30 de diciembre de 2019

Edición Número 115, Girardot, Diciembre 30 de 2019:-EL INTELECTUAL LATINOAMERICANO EN EUROPA


                                                            Edición Número 115 Girardot, Diciembre 30  de 2019




EL INTELECTUAL LATINOAMERICANO EN EUROPA

POR ANDRÉS MARTÍNEZ ZALAMEA*



GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ,
 PREMIO NOBEL DE LITERATURA.
EL HERALDO


Hacia principios de los años 70, por recomendación de su amigo Gabriel García Márquez, el periodista y escritor Plinio Apuleyo Mendoza fue nombrado como director de la revista Libre, producida y publicada en París, entre cuyos colaboradores se encontraban nombres de la talla del mismo `Gabo', Julio Cortázar y Mario Vargas Llosa.

La capital francesa en ese entonces aglomeraba a aquellos intelectuales y plumas insignes del Boom latinoamericano, en virtud de «esa distancia necesaria para tener una dimensión de la vida y de las cosas», como recordó Mendoza durante un conversatorio llevado a cabo durante la XX Cátedra Europa de la Universidad del Norte.

En 1948, Mendoza había desembarcado en París, con tan solo 17 años, para convertirse en politólogo en el Institut de Sciences Po, de la capital francesa, tras rehusarse a seguir los pasos de su padre en el derecho. Su sueño siempre fue escribir, por lo que una carrera en ciencia política era la manera de «no morirse de hambre» al compaginarla con las letras.

«Me encantó París porque realmente fue una experiencia única. Vivía en Saint-Germain-des-prés, un barrio 'existencialista', y veía a Jean-Paul Sartre y a Simone de Beauvoir en el Café de Flore. También los veía en un bar por la noche viendo cantar a la Gréco», relató Mendoza durante el panel titulado "El intelectual latinoamericano en Europa", donde compartió tarima con tres personajes con vínculos con Barranquilla y el Viejo Continente.

Este es el caso del barranquillero Marco Schwartz, director de EL HERALDO, quien por casi tres décadas ejerció como periodista en España; el periodista Mauricio Vargas, quien tuvo sus inicios en EL HERALDO y desarrolló buena parte de su carrera en Francia, y Roberto Pombo, ex reportero de EL HERALDO y jefe de redacción del difunto Diario del Caribe, quien en la actualidad se desempeña como director del diario El Tiempo.

Para Plinio, el lazo con Barranquilla llegó en forma de mujer con su primera esposa, Marvel Moreno, a quien conoció a través de Juan B. Fernández R., y era, en aquel 1959, la reina del Carnaval de Barranquilla. «Ella me decía, 'a mí no me importa nada del carnaval, yo lo que quiero es ser escritora'. Entonces comenzamos a hablar y encontramos que nos encantaba Virginia Woolf, Faulkner y también Flaubert», contó el escritor.

Cinco meses después contrajeron matrimonio y Plinio fundó una agencia de publicidad que tuvo cierto éxito, pero que significó un alejamiento de la escritura. <<No estaba escribiendo nada. Ella tampoco porque estábamos viviendo de los negocios>>. A esto le siguió una momentánea separación, traída por el deseo de Marvel de perseguir lo que describe Plinio como «amores coyunturales», inspirada a su vez por la relación entre Sartre y Beauvoir.

Mientras pasaba el trago amargo en Italia junto a su amigo García Márquez, Plinio recibió una carta en el consulado de Roma. Era Marvel  reconociendo que había cometido un error. Mendoza acordó verse con ella en París, donde Marvel le reveló su intención de no volver nunca a Colombia. «En Barranquilla terminarás haciendo plata, pero no vas a escribir. Y yo tampoco. Es una vida que no deja tiempo a uno de sentarse», le dijo su esposa a Plinio. «Yo me quedo aquí en Paris, haciendo lo que sea, trabajando como empleada doméstica».

Plinio dejo atrás Colombia y se reubicó con Marvel y las dos hijas del matrimonio en París, donde vivió por 20 años. Marvel, quien se divorciaría unos años después de Mendoza, nunca abandonó Francia. Allí se casó por segunda ocasión y en este país fallecería, en 1995.

Para Mauricio Vargas, Mendoza dejaría de ser «un intelectual que llegaba a Francia, para convertirse en la referencia de todos los intelectuales latinos que llegaban».

Luego de escribir El desertor, en un momento dado, rememora Plinio, «se acabó la plata y entonces me dijo Gabo: 'mira, Juan Goytisolo quiere montar la revista que agrupa a todos los escritores del boom. Yo le he dicho que la persona que puede hacerse cargo eres tú, y Mario (Vargas Llosa) también opina lo mismo».

«Allí estaban todos: Vargas Llosa, Cortázar, Carlos Fuentes», cuenta Mendoza. «Estaba Sartre también; yo lo entrevisté. Fue una experiencia extraordinaria porque me di cuenta de que se reunían todos los escritores de distintos países latinoamericanos que se iban a París o España porque necesitaban esa distancia».

«Francia era un lugar donde solo podíamos concentramos en escribir y podíamos vivir siendo pobres», continuó Mendoza. «El problema de los escritores en América Latina es que tienen que buscar cómo sobrevivir. Y muchos escogen una actividad parecida como el periodismo, que es lo más cercano a un género literario, pero en el que lo que uno escribe se lo come la actualidad y, muchas veces, después no queda nada».

A causa de esto, evoca Plinio, Gabo opto por irse de Colombia, «porque si no, se lo hubiera tragado el periodismo».

Marco Schwartz, descendiente de inmigrantes polacos en Barranquilla, también terminaría -emigrando a España «buscando tener una experiencia definitiva en el exterior» y quizás nunca volver, como en su momento Marvel Moreno le había propuesto a su marido.

«La idea era ir a París, porque todavía en aquella época, los que aspirábamos a escribir o ser algo más que un periodista y narrar, soñábamos con irnos», recapituló Schwartz, a quien el destino eventualmente lollevaría a España. «Hubo mucha facilidad, eso hay que decirlo. Era una época en España en que no estaba todavía el problema de la inmigración».

«Los sitios de destino iban variando y el interés latino se había ido desplazando a Barcelona y Madrid, donde la industria editorial se había vuelto muy potente», contó Schwartz, quien también se marcharía a Europa en compañía de su esposa Alba, tras «vender una nevera y un carro de segunda, que era lo único que teníamos».

Tras más de dos décadas en Madrid, ejerciendo como periodista en lo que Vargas describe como la «época dorada del periodismo español», y con dos libros publicados, Schwartz retornaría a la que fue su primera casa editorial, ELHERALDO, esta vez como su director.

«En Barcelona había agencias literarias y allá también se concentraron los escritores», agrega Plinio Apuleyo. «Era un ambiente muy especial, equivalente a lo que se podía encontrar en París. Y Gabo vio que allá era más fácil difundir sus libros. Pero cada país tenía su particularidad. Uno se sumergía en Europa en cualquier parte tratando de escribir, pero finalmente se lograba más repercusión».

Para Roberto Pombo, quien nunca vivió en Europa, pero ha estudiado a fondo las carreras de aquellos escritores del Boom que formaron «una gran conciencia unitaria de Latinoamérica en Europa», es difícil encontrar en Colombia un lugar más inmerso en el mundo que Barranquilla, aún en la actual era de las comunicaciones.

«Cuando me tocó trabajar en Barranquilla, vivíamos todos fascinados con La Cueva y el Grupo de Barranquilla, y todos escribiendo crónica roja nos sentíamos García Márquez. No solo eso, que era muy importante, sino que Barranquilla siempre estuvo más cerca del mundo que Bogotá y otras ciudades de Colombia. Se palpaba en el ambiente que eran importantes las cosas que sucedían afuera, literarias y periodísticas», explicó Pombo. «Yo, que vivo rodeado de cachacos por todos lados, me dicen: ¿y usted nunca trabajó por fuera del país? Yo les digo: ¿cómo que no? Yo vivía en Barranquilla». {L}
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*Andrés Martínez Zalamea: periodista. REVISTA LATITUD / LA REVISTA DOMINICAL DE EL HERALDO / 09.04.2017 / # 1737 / BARRANQUILLA – COLOMBIA. TEXTO Y FOTO.

Edición Número 115, Girardot, Diciembre 30 de 2019

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domingo, 29 de diciembre de 2019

Edición Número 114, Girardot, Diciembre 29 de 2019:-ÁLVARO CEPEDA SAMUDIO: EL MODERNISTA


                                                            Edición Número 114 Girardot, Diciembre 29  de 2019




ALVARO CEPEDA SAMUDIO: EL MODERNISTA



POR EFRAÍN VILLANUEVA*



El 'Nene' Cepeda.
Vanguardista e iconoclasta.

EL HERALDO


En uno de los ejemplares de abril de 1984 de la revista semanal L´Express, de Francia, apareció un artículo titulado “Papá Álvaro y sus hijos”. En él, el crítico Patrick Thévenon propone a Álvaro Cepeda Samudio como el precursor olvidado del boom latinoamericano. Cepeda Samudio nació en 1926 en Barranquilla, la región del realismo mágico de García Márquez, la ciudad por la que el mundo entró a Colombia a finales del siglo XIX y principios del XX.

Algunas menciones biográficas afirman que Cepeda Samudio vino al mundo, en realidad, en Ciénaga, un pueblito de calles polvorientas a una hora de Barranquilla. En el prólogo de Todos estábamos a la espera (El Ancora Editores, 1993), el escritor Alfonso Fuenmayor afirma que, ante la confusión de su lugar de nacimiento, Cepeda respondía con alguna expresión <<nada enfática y se diría que deliberadamente equívoca>>. Fue la viuda Sara Samudio, la madre del escritor, la que le pidió a Fuenmayor «Tienes que rectificar esa mentira. Álvaro no nació en Ciénaga; es tan barranquillero como tú».

En 1954, Cepeda Samudio publicó Todos estábamos a la espera (Librería Mundo,1954), su primer libro de cuentos basado en vivencias personales durante los años que estudió periodismo en la Universidad de Columbia, en Nueva York, entre 1949 y 1951. La publicación de este libro es un reflejo de su personalidad desparpajada. Fuenmayor asegura que el libro estaba listo desde mucho antes, todos «los cuentos revisados y corregidos minuciosamente [...] los amigos de Álvaro casi nos los sabíamos de memoria de tanto leerlos y releerlos. Pero nada que el libro se publicaba». Para García Márquez, los cuentos de este libro ni siquiera deberían existir no solo porque no concibe cómo una persona con un «desorden ambulante, atropellado y vital» como el de Cepeda Samudio podría terminar sentado frente a una máquina a escribir y editar. Pero también porque, de no ser por Fuenmayor y Germán Vargas, los originales se habrían extraviado en la guantera de un carro que Cepeda Samudio había vendido un año antes. En dos ocasiones, Cepeda Samudio recibió quinientos pesos de Rafael Bornacelli, su padrastro, para la impresión del libro. En ambas, la plata se convirtió en cervezas para él y su grupo de amigos para celebrar el hecho de haber conseguido el dinero para financiar el libro. A la tercera oportunidad, los quinientos pesos finalmente se usaron para la publicación.

Este combo de amigos no es otro que el Grupo Barranquilla, la tertulia intelectual de la que hicieron parte figuras culturales como el pintor Alejandro Obregón, nacido en Barcelona, pero criado en Barranquilla desde los seis años; el compositor, bailarín, pintor y diseñador de carrozas del carnaval Orlando Rivera, mejor conocido como ‘Figurita; el empresario Julio Mario Santo Domingo, quien años después y durante décadas sería el hombre más rico de Colombia y aparecería en la posición 108 de la lista de hombres más ricos del mundo de la revista Forbes (2011); el ya mencionado periodista y escritor Alfonso Fuenmayor y su padre José Félix, escritor, poeta y periodista; Germán Vargas, periodista barranquillero quien llevó a Cepeda Samudio al Grupo Barranquilla; Ramón Vinyes, escritor de Cataluña que serviría de inspiración para el sabio catalán de Cien años de soledad.

A Todos estábamos a la espera, su compañero de generación y futuro premio Nobel García Márquez lo saludó en las páginas del periódico El Espectador de Bogotá como «...el mejor libro de cuentos que se ha publicado en Colombia». El hecho de que García Márquez haya sido uno de los grandes amigos de Cepeda Samudio puede darles a sus palabras de elogio un tono de parcialidad. O tal vez le proporciona un mayor carácter.

Cepeda Samudio se inició en la escritura como periodista. En 1985, otro crítico francés, Jacques Gilard, recordado en Colombia por sus estudios sobre el Grupo Barranquilla, recopiló la obra periodística (1947-1955) de Cepeda Samudio en En el margen de la ruta (Editorial Oveja Negra, 1985). Se nos revela aquí a un adolescente que desde finales del bachillerato ya pretendía ejercer, a través de sus ensayos y escritos, una labor y una necesidad de opinar, especialmente sobre temas y situaciones que, a su modo de ver, fuesen en contra del progreso de la sociedad. Una muestra es "Un pequeño mensaje a un gran profesor", una carta publicada en 1947 en el extinto periódico El Nacional, de Barranquilla, en el que reflexiona sobre el poder del gobierno para ejercer la censura: Cepeda Samudio había sido advertido por uno de sus maestros que sus constantes ataques contra el Ministerio de Educación podían poner en riesgo su permanencia en la escuela.

Desde sus inicios en 1944, en EL HERALDO de Barranquilla, hasta 1972, en su trabajo como columnista y editor en el Diario del Caribe, Cepeda Samudio mantendría un tono crítico y directo en una Colombia que sufría de los malos manejos de un sistema gubernamental bipartidista. También tenía una visión de mundo e incorporaba a sus columnas temas de posguerra como el de la cuestión árabe-judía, la dictadura de Franco, el Plan Marshall, la Doctrina Monroe. Con su misma postura sin pelos en la lengua se permitía además usar el sarcasmo y el humor, como en su artículo titulado “Decadencias de las suegras”. Gilard afirma que siempre será preferible leer la literatura de Cepeda Samudio, pero que su periodismo <<interesa ante todo por ser fuente de datos sobre una trayectoria de escritor, también interesa por ser obra de un periodista ejemplar>>.

En Vivir sin fórmulas, la vida intensa de Álvaro Cepeda Samudio (Planeta, 2012), Claudia Bancelin nos cuenta que Cepeda Samudio trabajó para los Santo Domingo desde 1958 hasta su muerte. Durante ese tiempo no solo dirigió el periódico Diario del Caribe. Sino que también fue el creador de dos de los eslóganes publicitarios más recordados por los colombianos: “Águila, sin igual y siempre igual” y “Costeñita, tan buena la grande como chiquita”, ambos para dos de las cervezas que todavía se siguen bebiendo en el país. El Álvaro empresario también tenía creatividad.

Pero pocos rememoran su lado de hombre de negocios. Por el contrario, casi todos lo recuerdan por su alegría, por la fuerza de su presencia donde quisiera que estuviese, por la sencillez de vivir la vida como viniera. Entonces, no podía ser de otra forma, Cepeda Samudio nunca se preocupó por convertirse en un escritor de éxito. En el Festival Gabriel García Márquez de 2015, celebrado en Medellín, el periodista Enrique Santos Calderón dijo que Cepeda Samudio «se burlaba de la solemnidad de la vida. Vivía la vida como si no hubiera un mañana».

En octubre de 1972, Obregón regresa de Nueva York a Barranquilla con el cuerpo de Cepeda Samudio, quien murió por las complicaciones de una leucemia descubierta apenas tres meses antes. A su entierro, el 15 de octubre, asiste una multitud, la mayoría amigos.

Diez años después, en 1982, Daniel Samper Pizano escribió una evocación a Cepeda Samudio para la Revista Diners. Cuando llega la hora de hablar del funeral dice: «Teníamos la esperanza de escuchar de un momento a otro una risotada y que apareciera en su jeep el maestro con un vaso de whisky en la mano gritando 'parranda de maricones, les mamé gallo, era mentira, todos a la Tiendecita, al sancocho, carajo, qué corronchos son, por Dios'. Pero no pasó nada de esto. El maestro quedó allí en el prado, cubierto por un monte de coronas de flores». {L}


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SOBRE EL VOLUMEN
La entrega en un único volumen de la edición crítica de la obra literaria de Álvaro Cepeda Samudio facilita la lectura integral del trabajo de un escritor que se caracterizó, ante todo, por los experimentos formales basados en la libre adopción -de los primeros en América latina- de técnicas narrativas complejas como las angloamericanas, francesas y rusas por un lado, y tan dispares, por el otro, como la periodística, la dramatúrgica y la cinematográfica.

Entregar a la atención del público internacional la edición crítica de la obra literaria del colombiano Álvaro Cepeda Samudio tiene tres significados primarios: facilitar el acceso al destinatario último para quien ha sido escrita: el lector; rendirle justicia a un autor, a una obra y a una entera vida dedicada a la actividad más inútil e innecesaria que exista en cualquier sociedad humana: el arte; contribuir a crear las condiciones objetivas para que obra y autor se confronten con el evento más significativo a nivel mundial en el campo literario de la segunda mitad del siglo XX: la Nueva Novela Latinoamericana. Y, en fin, que obra y autor encuentren una colocación definitiva en el ámbito de la cultura hispánica.

(Fabio Rodríguez Amaya: pintor y profesor titular de la Universitá degli Studi Bergamo, Italia. Coordinador, junto a Jacques Gilard, de la obra de la Colección Archivos.)
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*Efraín Villanueva: escritor barranquillero residente en Alemania.

REVISTA LATITUD # 1737 / LA REVISTA DOMINICAL DE EL HERALDO / 09.04.2017 / BARRANQUILLA - COLOMBIA / Textos y foto

Edición Número 114, Girardot, Diciembre 29 de 2019

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