viernes, 23 de octubre de 2020

  Edición Número 146, Girardot, Octubre 23 de 2020:-1984, UNA PROFECÍA SOCIAL DE G. ORWELL




                                                           Edición Número 146 Girardot, Octubre 23 de 2020




 1984, una profecía social de George Orwell


Por José Luis Garcés González


 George Orwell

1984, la novela de George Orwell, ya no es ficción, ni imaginación, ni fantasía. Hace rato dejó de serlo. Publicada en 1949, y titulada con un año que a la sazón podría parecer inalcanzable (1984), ya es una <<realidad realizada>> que a muy pocos informados podrá sorprender. Como si hiciera una practicada concatenada, ya Orwell había publicado en 1943 Rebelión en la granja, en donde los animales, dirigidos por el cerdo Napoleón, protestan y se amotinan contra el señor Jones, dueño de esa propiedad, y demuelen en sus conversaciones la visión rosa de los hombres.

El tema de 1984 es nuestro padecimiento actual: ambición de poder, implantación totalitaria, control mental, restricción de la libertad, grabaciones telefónicas, correos intervenidos, cámaras ocultas, espías en el celular o en la televisión, insania social. El autor la ubica en una región que él llama Oceanía, que siempre se mantiene en guerra y siempre en forma pomposa anuncia su inevitable victoria.

El protagonista es Winston Smith, quien es funcionario del régimen como empleado en el Departamento de Archivos del Ministerio de la Verdad y soporta, además de la orfandad infantil, una úlcera varicosa en el tobillo derecho. Un día piensa que ya es inaguantable la represión oculta y pública, y se rebela contra el régimen del Hermano Mayor. Winston titubea, tiene miedo, pero se decide a llevar un Diario para consignar ese monólogo que revolotea dentro de su cabeza. Este es el comienzo de la novela cumbre de Orwell, que fue su último libro, su libro número trece.

George Orwell, nacido en Birmania en 1903, durante el protectorado inglés, cuando su padre era funcionario de la Corona, tuvo una vida agitada y pletórica de actividades materiales e intelectuales. Solo vivió 47 años, pero ejecutó tantas cosas como si hubiera consumido más de un siglo. Qué no fue. Estudiante de un colegio privilegiado -donde también estudió Aldous Huxley, autor de Un mundo feliz (Brave New World, 1932)-, policía del imperio inglés en Birmania, lavaplatos en Birmania, lavaplatos en París cuando no tenía dinero, librero de segunda en Londres, compañero de los hambrientos y desamparados durante la crisis de 1929, guerrillero en el bando republicano durante la guerra civil española, cronista y columnista de importantes  diarios ingleses, locutor de la BBC, y comentarista de libros. Toda su creación lo destacó como un clásico de la lengua inglesa y como un maestro para las nuevas generaciones de periodistas.




Como nadie sabe cuál es el destino de las obras que publica, 1984 fue utilizada por el macartismo norteamericano para hacer campaña anticomunista en USA y en el mundo, pero la intencionalidad de Orwell al escribirla no se ceñía a esas pretensiones. Él estaba profetizando y señalando las aberraciones a las que puede llegar el Estado totalitario, y esto no tiene exclusividad política. Lo hace exagerando, ironizando, burlando, imaginando; todo incluido en una escritura clara que nos conduce a lo que se ha llamado el placer del texto. Hay en la novela una doble matización: la que se produce al enunciar el discurso político, y la que se da al escoger el lenguaje para su denuncia. Orwell profesaba un socialismo democrático y se consideraba a la izquierda del partido laborista inglés. Nunca varió de opinión.

El Hermano Mayor es la estructura de poder que se gesta en 1984, paralela a la existencia del Partido Interior. Omnipotente, ese <<familiar>> lo ve todo, lo intuye todo, lo sabe todo, y lo que desea no es vigilarte sino protegerte. Es la idea que manejan todos los represores. Tienes que aceptar que haya una Policía del Pensamiento o que se practiquen  Dos minutos o una Semana del Odio. Y que el Estado se desarrolle con solo cuatro ministerios: el Ministerio de la Verdad (o Miniver), el Ministerio de la Paz (o Minipaz), el Ministerio de la Abundancia (o Minindancia) y el Ministerio del Amor (o Minimor).  Este sistema para completar la manipulación, se halla protegido por tres consignas centrales colocadas en la fachada del Ministerio de la Verdad: <<La guerra es la paz / La Libertad es la esclavitud / La ignorancia es la fuerza>>. Desde esas cretinadas, que son su verdad, desarrolla el Partido todo su corpus ideológico.

A este poder se le opone la Hermandad, un supuesto grupo de conspiradores contra el Hermano Mayor y su poder aplastante y absurdo, liderado por quien el Partido llama el Gran Traidor: Emmanuel Goldstein, autor de un hipotético libro de orientaciones contra el establecimiento del Partido Interior y toda su liturgia ilógica. Precisamente, una de las ceremonias para envenenar a los militantes son los Dos Minutos o la Semana del Odio, en los cuales deben participar todos los miembros. Allí gritan, insultan, se exasperan, se enloquecen, se llenan el alma del veneno necesario para seguir siendo serviles. Esa fábula de anticipación, como una vez la definiera Savater, tiene mucha relación con lo que ocurrió durante el plebiscito por la paz en Colombia, el brexit en Inglaterra, o con la elección de Trump como presidente de los Estados Unidos. He allí uno de los gérmenes de la impropiamente llamada posverdad. Que no es más que la manipulación y mentira descaradas.

El control que el Hermano Mayor ejerce sobre la sociedad es de tal magnitud que llega a crear el crimen mental, o <<crimental>>, pues al Estado no solo le interesa lo que haces o lo que digas sino también lo que piensas, imaginas o mentalizas. Y si te marginas de la obediencia o de la ortodoxia, o te rebelas contra ella, para castigarte está la Policía del Pensamiento.

El control de la libertad individual y de la práctica  social llega hasta el hecho de que hay máquinas para producir novelas y ninguna mujer del partido puede pintarse o maquillarse. Ningún hombre del partido puede tener relaciones extramatrimoniales o con prostitutas; si lo capturan lo condenan a cinco años de presidio, sino le anexan otros delitos. El partido proscribe el placer en el acto sexual. El matrimonio tiene que darse entre dos miembros de la organización, no sin antes ser autorizado por un comité especial luego de comprobar que entre los dos no existe atracción física ninguna. Y el control es tanto que nadie puede alejarse más de cien kilómetros de su lugar de residencia sino se le concede un visado.




La relación entre hombre y mujer tiene un fin concreto: traer hijos al mundo para que sean miembros del Partido. Pero la llamada Liga Juvenil Antisexo va más allá: pretende eliminar el contacto entre las parejas y propugnar por la inseminación artificial. Por ello pregona la abstinencia sexual total (<<aplazar el gustico>>, en palabras del señor de la guerra, para que la hagan otros, qué coincidencia). En términos sencillos: abogan por la liquidación absoluta del instinto sexual.

Frente a represión tan aplastante, nos dice la novela mediante Winston, solo queda <<la rebelión de la proles>> (el proletariado). Esa sería la única esperanza de derrotar el régimen policivo del Hermano Mayor. Pero hay una dificultad infranqueable: los proles carecen de conciencia. Orwell, sabio y contundente, escribe algo que puede parecer obvio pero que casi siempre se olvida:<<hasta que no tomen conciencia no se rebelarán, y sin rebelarse no podrán tomar conciencia>> (P. 80. 2016). Contradicción insoluble que se le puede aplicar a la sociedad colombiana.

Pero ante tan creciente pesadilla surge, plagado de clandestinidad y disimulo, el amor adúltero de Winston y Julia. A partir de esta sorpresiva contradicción, Orwell parece darle un giro más individual y más humano a la novela. Winston y Julia se aman en secreto, pero aben que algún día los van a capturar porque la vigilancia es implacable y ellos no creen en los postulados del Hermano Mayor. Mantienen su relación, primero en los bosques y luego en un cuartucho que alquilan para las citas amorosas. Pero estos encuentros tienen que hacerse tomando todas las precauciones posibles y fingiendo en el mundo exterior que no se conocen. A ambos los unen dos cosas: el odio hacia el Hermano Mayor y los sentimientos que mutuamente se profesan.

También a Winston y Julia les repugna que hubiese una Brigada para la Reescritura buscando modificar el pasado, y que los acosaran en todas partes las telepantallas que observan el mínimo movimiento, que los niños sirvieran de espías o pidieran entusiasmados que los llevaran a ver las ejecuciones de los prisioneros de guerra, y tantos otros atropellos que ordenaba la cara la cara ancha, el bigote negro y los ojos perseguidores del Hermano Mayor.

La realidad les ha enseñado que  todo o del Hermano Mayor es una falacia. Su ideario podía ir contra la justicia, la ciencia, la lógica, la verdad, pero había que aceptarlo para mantenerse libre o permanecer vivo. No hay duda de que Orwell profetizó a Trump cuando este niega las consecuencias del cambio climático o hace acusaciones sin mostrar el más leve fundamento.

Winston y Julia son apresados en el cuartico donde se encontraban y copulaban. Los separan y torturan. Ellos habían convenido en que ninguno delataría al otro. Pero ante tan inaguantables sufrimientos, la delación no era acusar de delitos reales o supuestos a la otra persona, sino mantener la fidelidad de los sentimientos. Frente a las atrocidades, seguir queriéndose.

Sabiendo el torturador O’Brien (quien los engañó haciéndoles creer que era su copartidario) que Winston le tenía pavor a las ratas, lo acosó con una jaula llena de estos enromes roedores para que, maniatado como estaba, le devoraran el rostro. Cuando el gritó todo descompuesto y en la máxima desesperación dijo que eso se lo hicieran a Julia, le trocaron el castigo.

Cuando O’Brien lo interroga, quiere demostrarle al reo, en pose filosófica, que él, Winston Smith, era el último humano, y que lo que el Partido Interior, o Hermano Mayor, buscaba no era destrozar el cuerpo del culpable sino dominar su espíritu. <<Lo segundo que debes entender es que el poder se ejerce sobre las personas. Sobre el cuerpo, pero, ante todo, sobre el espíritu. El poder sobre la materia, o la realidad externa, como la llamarías tú, carece de importancia… Controlamos la materia porque controlamos la mente. La realidad está en el interior del cráneo>> (Pp. 279-280). Orwell, aquí, se anticipó a las hipótesis del doctor Llinás sobre la existencia de lo objetivo.

No se sabe si los jefes de las dictaduras de los años ochenta en el cono sur leyeron esta novela, pero hay que aceptar que sus horrores superaron las atrocidades que se imaginó Orwell en 1984, pero después de todas las implacables sesiones de humillación y de ultraje, Winston y Julia retornan a la sociedad. Física y mentalmente diferentes. Ya no cometerían el <<crimental>>. Cuando en un día de marzo de mal tiempo se encuentran por casualidad,  se reconocen, pero ningún sentimiento se alberga entre los dos. Winston camina unos minutos al lado de ella, pero percibe que nada sienten entre sí. Les han modificado el espíritu. Son incapaces de amar.

El Hermano Mayor se ha impuesto. El lenguaje, el pensamiento, los valores individuales, los enunciados de la ciencia y de la lógica, todo lo ha transformado a su antojo. Winston, ya modificado, seguirá con su rutina yendo al Café Castaño a que le sirvan en abundancia su habitual ginebra de la Victoria y de pronto a practicar el mate en dos jugadas de ajedrez, empezando siempre con las blancas. Había luchado, pero había sido vencido, hasta en el amor.

Esta no es una novela solo de anticipación. Sino de advertencia y, aunque suene anacrónico, de denuncia. Y, quizás, una áspera profecía que en el mundo de hoy pretende convertirse en una oscura realidad. Ella es un inmenso aporte de Orwell; y una dura llamada de atención para nosotros.

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*LATITUD / LA REVISTA DOMINICAL DE EL HERALDO / 23.07.2017 / BARRANQUILLA / REVISTA # 1752. TEXTO Y FOTOS.

Edición Número 146, Girardot, Octubre 23 de 2020

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domingo, 27 de septiembre de 2020

 Edición Número 145, Girardot, Septiembre 27 de 2020:-EL PRIMER PRESIDENTE AFROCOLOMBIANO




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EL PRIMER PRESIDENTE AFROCOLOMBIANO: JUAN JOSÉ NIETO

POR DOLCEY ROMERO JARAMILLO*




 

La invisibilización es la forma más peligrosa y dañina como se expresa el racismo y la discriminación contemporánea. A esta hipócrita fórmula se acude para excluir y marginar sin tener que utilizar las palabras ni las acciones. Estas prácticas hacen parte del dispositivo racista que inocularon los españoles en las estructuras mentales de la colonia, época en que trajeron a nuestro país a miles de personas después de haberlas secuestradas en África.

A partir de ese momento se construyó “la Precariedad ontológica del sujeto esclavizado”, con la cual se estructuró y apuntaló todas las acciones y discursos discriminatorios contra los afrocolombianos, que después de 500 años aún persisten en nuestro país. Con la invisibilización no solo se silencia y se esconden los aportes de las personas afrocolombianas a la construcción material y simbólica de nuestro país, sino que se les reduce a simples objetos y casi nunca a la condición de sujetos históricos o agentes propiciadores de cultura.

Si bien la historia heroica hace parte de la llamada vieja historia o historia tradicional, los héroes son requeridos como elementos que sirven para generar los llamados mitos fundacionales y cívicos imprescindibles en la construcción de los estados y la nación. Los héroes hacen parte de las experiencias compartidas en el pasado, en la memoria histórica que permite la construcción y el fortalecimiento identitario de los colectivos humanos. Sin caer en el culto a la personalidad, el aporte de la comunidad afrocolombiana a la construcción de nuestra nacionalidad en cierto sentido se puede medir a través de sus héroes y personajes sobresalientes, solo que a pesar de tenerlos, la historiografía oficial y un significativo sector de las Ciencias Sociales los ha silenciado e invisibilizado. Por ello sus aportes y existencia histórica son ignorados, sobre todo en el sistema educativo, que en otras circunstancias sería el escenario expedito para la expansión de su conocimiento.

Nuestra comunidad afrocaribeña, al igual que otros colectivos humanos, cuenta con personalidades en los ámbitos político, militar y religioso, tales como Benkos Biojó en el norte de la provincia de Cartagena, Domingo Padilla en Luruaco, Nicolás Fester en Barranquilla, Pedro Romero en Cartagena, San Benito de las Palomas en Repelón, Candelario Obeso en Mompox, Narciso Vicente Crespo en Santa Marta, Jorge Artel, Manuel Zapata Olivella, José Prudencio Padilla y Juan José Nieto, entre otros. Tanto Padilla como Nieto son hijos del siglo XIX, el primero tiene la importancia de ser el caribeño que más contribuyó con la independencia de nuestro país y la de Venezuela, creador de la Armada nacional y el único general afrocolombiano que ha tenido nuestro país en toda su historia.

Nieto, por su parte, ostenta el privilegio y la importancia de ser el único presidente afrocolombiano, en 1861. Autor de la  primera novela de la literatura colombiana, Ingermina o la hija de Calamar, y uno de los pioneros de los estudios etnográficos en Colombia. El primero en reclamarle al poder central, en 1835, por el abandono de nuestra región y la discriminación de que eran objeto por la “ridiculización chocante por el supuesto analfabetismo, el modo de hablar y las costumbres” de los costeños de la época. Con él se comienza a construir el ethos del regionalismo costeño.

Nació en un corregimiento de Baranoa un 24 de junio de 1804, y murió en Cartagena en 1866. De condición humilde y modesta, su ascenso social en una ciudad profundamente racista como Cartagena se debió a su talento intelectual -fue autodidacta-, a su asimilación a la élite liberal y a sus dos matrimonios con hijas de aristócratas cartageneros. Nieto se constituyó en el político y caudillo más brillante y sobresaliente del Caribe colombiano durante el siglo XIX. Al igual que Padilla, no solo estuvo en contra de las posturas dictatoriales de Bolívar, con lo cual se acercó a los santanderistas, sino que también se le acusó de instigar, armar y  levantar a los sectores afros de Cartagena, en este caso a los negros de Alcibia y Ternera. Como buen federalista, fue uno de los más abanderados del levantamiento de la Costa contra el centralismo expresado en la Guerra de los Supremos. Su derrota en esta contienda le generó su destierro a Jamaica, situación que le permitió de una manera autodidacta el conocimiento del idioma inglés. Nieto fundó dos periódicos, los que utilizó para defender y proponer su pensamiento político: El Cartagenero y La Democracia. Además fundó la primera escuela pública para niñas.

Su contacto directo con las sociedades democráticas, su ideología liberal  y la influencia que en él ejerció la revolución de 1848, lo llevaron a tomar una posición decidida a favor de la abolición de la esclavitud; y no obstante de que sus contradictores lo tildaron de defender la esclavitud y de oponerse a la manumisión en Cartagena, Nieto jugó un destacado papel en las discusiones de 1851 sobre la abolición, a tal punto que uno de los proyectos que se presentaron para tal asunto fue de su autoría.

“Mis hermanos, desde hoy se acabaron los esclavos en la Nueva Granada; y es por eso que los saludo en este día, el más solemne, el más bello que ha tenido la República… es el día en que ha desaparecido para siempre entre nosotros el odioso título de señor y de esclavo, y que ninguno de nuestros hermanos llevará más colgada de su cuello la poderosa y negra cadena de la servidumbre”. Con estas palabras,  el gobernador de la provincia de Cartagena, Juan José Nieto, iniciaba su discurso para celebrar, en frente de una multitud, la abolición de la esclavitud en Colombia, el primero de enero de 1852. Con la entrada en vigencia de esta ley se acabó con la esclavitud, pero lastimosamente no se podía acabar con la discriminación racial. Es decir, con ella conseguimos la libertad pero no la igualdad. Solo a partir de la Constitución del 91 se concretaron algunos aspectos que tienden a ir construyendo escalones que nos conduzcan a la igualdad. Mientras siga existiendo la discriminación racial contra los afrocolombianos es imposible que se logre la tan anhelada igualdad.

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* DOLCEY ROMERO JARAMILLO es historiador, profesor de la Universidad del Atlántico, Universidad Simón Bolívar, autor de los libros ‘Esclavitud en la provincia de Santa Marta’ y ‘Los afroatlanticenses’, y de varios artículos y ensayos publicados en revistas y textos nacionales e internacionales. Ponente en varios eventos académicos nacionales e internacionales. Líder del Grupo de Investigación Historia, Sociedad y Cultura afrocaribe.

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LATITUD / 4.05.2014 / # 1587 / LA REVISTA DOMINICAL DE EL HERALDO. TEXTOS Y FOTO.

Edición Número 145, Girardot, Septiembre 27 de 2020

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miércoles, 23 de septiembre de 2020

 Edición Número 144, Girardot, Septiembre 23 de 2020:-NELSON PINEDO, de Barranquilla a La Habana




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NELSON PINEDO, de Barranquilla a La Habana

Por Jairo Solano Alonso

 

Adiós al Almirante del Ritmo (Nelson Pinedo, el hombre que nació en el barrio Rebolo mientras se escuchaban los versos de la danza de El Torito que pasaba por la puerta de su casa; el crooner caribeño que con su tremenda voz y presencia le dio gloria a Colombia, a nuestro Caribe, y a Barranquilla, convirtiéndose en la primera gran estrella internacional y poniendo en el firmamento la música de nuestra región, emprendió su último viaje con destino al Olimpo de los músicos caribeños.)



La trascendencia del cantante barranquillero Nelson Pinedo reside en el hecho de que logró incursionar exitosamente en el exigente medio musical cubano de los años 50, en la fase cenital de la Sonora Matancera, agrupación fundada en 1924 por el legendario Valentín Can y que para la época se daba el lujo de acompañar con su formato de trompetas, piano y percusión a las más rutilantes estrellas del firmamento musical desde que sus directores decidieron brindar su marco instrumental a las voces más representativas de Cuba y Latinoamérica.

Cuando Nelson recaló en La Habana, no es que en Cuba no descollaran agrupaciones y cantantes de gran renombre y en el apogeo de su gloria musical. Mencionemos, entre otras, la Orquesta Riverside, con el legendario Tito Gómez; el Conjunto Casino, con Roberto Faz; el de Arsenio Rodríguez, el ciego maravilloso, quien con la magia de su tres inventó el tumbao moderno del son. Aún en los cincuenta se mantenía el prestigio de la orquesta Casino de La Playa, que contribuyó con gran originalidad a la ‘cubanización’ de la jazz band norteamericana y  exhibía desde finales de los años 30 el vigor vocal de Miguelito Valdez, y el virtuosismo de Anselmo Sacasas, la orquesta de Bebo Valdez, la Banda Gigante del gran sonero Benny Moré, en 1953, entre otras.

El reto que le esperaba a Nelson era inmenso. En aquel entonces se presentaba una fructífera confluencia de la música cubana y la norteamericana a través del jazz y el swing que se tradujo en resonancias compartidas que se expresaron en el movimiento del feeling, que desde los años 40 había impregnado al bolero y al danzón con una forma distinta de decir las canciones. La radio cubana y el cine norteamericano y mexicano influían en Latinoamérica incorporando a sus películas a intérpretes que la pantalla convirtió en ídolos.

Cuando a sus 25 años Nelson Pinedo arriba a La Habana encuentra un repertorio musical nutrido que constituía el espíritu de una época creativa que adelantaba una generación de músicos en todas las esquinas del caribe de México, Venezuela y Colombia. De ahí los fructíferos intercambios que en su momento entendieron cabalmente los líderes del espectáculo de la isla.

El cantante barranquillero, sin embargo, tuvo la lucidez de llevar una propuesta nueva, fresca, que revolucionaría, en su momento, el competido proscenio musical cubano: los ritmos del Caribe colombiano, el porro y los aires narrativos de la provincia del Magdalena en sus versiones orquestales, que ya eran conocidos después de la presencia de Lucho Bermúdez en la Isla. Nelson logró que los arreglistas de la Sonora hicieran una fusión afortunada y exitosa que convirtió a los números colombianos en éxitos de gran factura. Los vasos comunicantes de la vida social y cultural en América Latina que actúan en relación con los intercambios económicos hicieron posible la interacción entre la música de las vivaces islas del Caribe y Colombia.

Por otra parte, la Barranquilla de donde procedía Nelson era hacia los años 30 y 40 una ciudad floreciente en industria y comercio, que contaba con un publico conocedor de los ritmos continentales, y que por la radio y el cine había incorporado en su imaginario ídolos del cine y la canción.

La Puerta de Oro de Colombia recibía con esplendidez y generosidad a los artistas que la visitaban, lo que impulsaba a algunos barranquilleros talentosos como Nelson Pinedo a soñar con emular a sus visitantes prestigiosos. Era tal el derroche del imaginario que para algunos representaba la única salida para eludir la impronta   de la pobreza.

Ya desde entonces en sus vitrolas los barranquilleros contaban con la oferta musical de los ritmos norteamericanos señalados, pero además disfrutaban tangos argentinos, rancheras y huapangos mexicanos, plenas puertorriqueñas y merengues dominicanos que empezaron a desplazar a los andinos bambucos y pasillos colombianos. La música de la Costa comenzaba a desplazarse de la calle a los grandes salones de baile, lo que indujo a algunos compositores como José María Camacho y Cano a llevarlas al acetato, hacia 1928.

Desde la segunda mitad de los años 20 la música cubana influyó decisivamente en Barranquilla, gracias a la avanzada radiodifusión cubana que permitía que se escucharan en decenas de receptores locales los programas que se emitían en las emisoras cubanas CMQ, Radio Progreso y Cadena Azul. El 8 de diciembre de 1929 se fundó la primera emisora radial colombiana La Voz de Barranquilla, gracias a Elías Pellet Buitrago, y para esos días los importadores de discos de RCA, Ezequiel Rosado y Emigdio Velasco, introducen acetatos de boleros, guarachas y sones cubanos.

Hay que recordar que la vida y triunfos de las estrellas del firmamento artístico de Cuba se conocían en la ciudad por la difusión de sus actuaciones en las páginas de las revistas Carteles y Bohemia, que desde comienzos del siglo XX daban cuenta del movimiento de la cultura y el espectáculo en la Isla, que siempre fue cercana sociológica y lingüísticamente a los habitantes del Caribe colombiano, que escuchaban cotidianamente una música que los barranquilleros y cartageneros hicieron suya y vinculándola a su vida, a sus fiestas y a su baile.

Desde antes de los años 30 se conocía en Barranquilla la música cubana. Con especial delectación se escuchaba al Trío Matamoros de Ciro, Cueto y Miguel, pero también al Septeto Nacional de Ignacio Piñeiro, el Cuarteto Mayarí y otros grupos cubanos. Los Matamoros visitaron la ciudad en 1934 y se anclaron en el alma colectiva de los barranquilleros de entonces.

No obstante, todos los entendidos coinciden en señalar que el hito de la música cubana de la década del 30 fue la presencia en nuestra ciudad de la orquesta Casino de La Playa, entre el 19 y el 26 de agosto de 1939, ofreciendo espectáculos diarios en la ciudad.  La orquesta debutó en el teatro Rex, bello escenario que exhibía su arquitectura tipo  art déco, y continuó sus presentaciones en Las Quintas, San Roque, Caldas y el Club Barranquilla.

Como puede verse, Barranquilla, acogía con fervor a las orquestas cubanas y el pueblo las hacía suyas en las festividades de Carnaval y en los numerosos teatros que poseía, por eso era explicable que en los años 40 la ciudad acogiese al Trío Oriental, al Cuarteto Marcano, los Jóvenes del Cayo y la orquesta del catalán Xavier Cugat, que se presentó en el teatro Apolo.

Ya en los años 50 el prestigio de la Sonora Matancera era total. Coincidiendo con el debut de Nelson Pinedo en La Habana, visita la ciudad en mayo de 1953 otro de sus ídolos, el cantante puertorriqueño que triunfaba en Cuba y en el Continente: el Inquieto Anacobero, Daniel Santos, quien se presentó en la ciudad en escenarios populares, el 30 de mayo y el 4 de junio de 1953, contratado por Roberto Esper. Daniel representaba el rito caribeño de la guayabera, los zapatos de dos tonos y el sombrero de tartarita, que tenía mucho que ver con Cuba y sus cantantes.

Era indudable que lo que sucedía en los años 50 cuando Nelson Pinedo se desplazó a La Habana es la culminación de un proceso que se había iniciado desde finales de los años 20 cuando Barranquilla hace suya la música caribeña representada por Cuba, Santo Domingo y Puerto Rico.

Hacia finales de los años 20 ya Barranquilla había ingresado al elenco de las jazz band. Competían entonces en la ciudad la Jazz Band Barranquilla (1927); la orquesta Nuevo Horizonte, de Francisco Tomás Rodríguez (1929);  la Orquesta Sosa (1934) y la orquesta de la recién inaugurada Voz de Barranquilla, HKD; la orquesta de Julio Lastra, de la Voz de la Patria. Así mismo se conocieron la Orquesta Pájaro Azul y Emisora Atlántico Jazz Band (1946), inicialmente dirigida por el italiano Guido Perla y después por el joven trompetista y gran orquestador Pacho Galán.

Todos estos antecedentes confluyeron para que el joven Nelson Pinedo tuviese un background adecuado para intervenir con éxito en las grandes tarimas internacionales y así superar sus condiciones existenciales en Colombia. Con la decisión y seguridad que lo caracterizaron siempre, se enfrentó a un medio musical de alta competencia en el que descollaban figuras de la talla del boricua Daniel Santos, Bienvenido Granda, Miguelito Valdés, Celia Cruz, Mirta Silva, Leo Marini, Bobby Capó y Vicentico Valdés, logrando el triunfo apetecido.

 

ENTRE EL MAR Y LA MONTAÑA

Por singular paradoja, o coincidencia afortunada, tanto Colombia como Cuba vivían  sumergidos en coyunturas comunes de prosperidad y miseria social en las cuales la vida artística representaba una salida para los jóvenes de extracción popular que veían en la fama la única posibilidad de ascenso social que en condiciones normales no podían lograr.

Barranquilla, ciudad en la que creció Nelson en los años 40, sin alcanzar la dimensión de La Habana, era aún la altiva urbe que desde las primeras décadas del siglo XX se erigió airosa como la cuna de la modernidad en Colombia y donde despuntó la industria y el comercio originando una belle époque en la que floreció el arte moderno y se universalizó la cultura colombiana aún atada al estrecho horizonte tradicionalista y cerrado de las montañas andinas. En Bogotá, la capital que se preciaba de ser la Atenas Latinoamericana, prevalecían bucólicas tonadas de pasillos y bambucos con total desprecio de las resonancias musicales caribeñas.

Para su fortuna, Nelson tenía unos antecedentes adquiridos en una urbe abierta al mundo como Barranquilla y muy cercana, desde la colonia, a las indelebles influencias cubanas. Su ciudad, altiva y progresista, se consideraba aún el primer puerto aéreo, marítimo y fluvial de Colombia y la introductora de pautas de modernidad al interior del país. A tono con esa ciudad abierta al mundo, Pinedo se preparó recibiendo clases de inglés por correspondencia y adquirió una dicción neutra, excepcional en español y en inglés, que lo habilitó para insertarse con fortuna tanto en la canción romántica tradicional hispanoamericana como en los aires norteamericanos en los que el jazz y el swing marcaban la pauta.

Por eso Nelson Pinedo, después de ser reconocido en su entorno, decidió brindar su voz a la capital del país a principios de los años 50. Para esa primera aventura recibió el apoyo decidido de Antonio María Peñaloza, y de su mano desfiló con buen suceso por los principales centros nocturnos santafereños. Al fin y al cabo la ciudad que acababa de salir del Bogotazo de 1948 necesitaba un bálsamo que serenara los espíritus luego de ser arrasada por la gigantesca revuelta popular provocada por el asesinato del caudillo liberal Jorge Eliécer Gaitán, originando el periodo histórico conocido como la Violencia, y ese lenitivo lo constituyeron la música y el baile.

Mientras tanto Bogotá exhibía una floreciente economía y su poder político era reforzado por el centralismo político y administrativo; a la usanza de México y La Habana, la capital del país configuró una vida nocturna que atrajo músicos de todo el país. No obstante Barranquilla prosiguió su marcha musical con una gran reserva cultural y en las décadas del 50, 60 y 70 mantuvo su imaginario de urbe moderna y continuó siendo un baluarte para todas las expresiones artísticas, en gran medida reforzadas por la inextinguible fortaleza de su carnaval.

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LATITUD / 30.10.2016 / # 1716 / LA REVISTA DOMINICAL DE EL HERALDO. TEXTOS Y FOTO.

Edición Número 144, Girardot, Septiembre 23 de 2020

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jueves, 27 de agosto de 2020

Edición Número 143, Girardot, Agosto 27 de 2020:-1881. CÓMO CABE EL INFINITO EN CIEN AÑOS



                                                           Edición Número 143 Girardot, Agosto 27 de 2020

CÓMO CABE EL INFINITO EN CIEN AÑOS

POR PAUL BRITTO



Foto REVISTA LATITUD


No es gratis que Cien años de soledad  luzca un número cerrado en su título.  Al contrario del número abierto de Las mil y una noches que invoca el infinito, el de García Márquez siembra desde un comienzo un límite. Y esto sencillamente porque el libro busca totalizar la realidad y por lo tanto abarcar tanto el comienzo como el final de su espacio. Con mucha razón algún crítico se refirió a la novela como  un relato compacto. Y todos han advertido siempre los números exactos en que están metidas sus hipérboles, como una forma de amansar el infinito, de domesticarlo, de someterlo.

No son los únicos compartimientos cuantitativos que maneja la novela para comprimir el universo. El incesto que predomina en sus páginas es también una forma de mantener a la estirpe volcada hacia su propio tronco, de contener el desafuero multiplicativo de la especie, hasta el punto en que termine mordiéndose la cola, esa cola de puerco que la amenaza desde un comienzo. Se necesita precisamente de esa amenaza para que no se desborde la fertilidad de la sangre y de los genes, para frenar la vocación del infinito de sus células. La soledad a la que alude el título también es un muro de contención. La novela trata de un pueblo, de una familia, pero a la larga, familia y pueblo están condenados a la misma soledad indivisa del individuo, están englobadas por ellas. Y lo único que podría redimirlos es el amor, pero este les está negado de antemano como una incapacidad o como una maldición.

Úrsula Iguarán es el único personaje que atraviesa casi toda la novela. Su figura doméstica es necesaria para  mantener el pulso hacia dentro de la casa, para fijar los límites del espacio y del núcleo familiar. Es el personaje que barre hacia dentro, mientras los hombres lo hacen hacia afuera, hacia el mundo externo. De ahí que el crítico Ángel Rama hablara de dos fuerza en la novela que se contrarrestan: una centrífuga y otra centrípeta. La centrífuga siempre requiere ser más fuerte para que no se desborde el material narrativo.

Toda obra de arte contiene un epicentro, pero también una apuesta hacia fuera, hacia sus satélites;  es una ecuación basada en un número cerrado de variables. Se escogen unas y se dejan por fuera otras, como en una especie de prueba de laboratorio. Una obra literaria siempre demarca un territorio, un campo de estudio, pues no puede abarcarlo todo, por más ambiciosa que sea. Al igual que la ciencia, el arte también trabaja con muestras y pequeñas constelaciones. Con toda su avidez narrativa, Cien años de soledad también está delimitada. La obra ejemplifica el sistema cerrado de la vida y su número limitado de años, donde debe condensarse el mundo. La novela es un experimento parecido al de la existencia. Está acotada en un intervalo, en un parámetro, desde el cual se experimenta el universo bajo un punto de vista, bajo una sensibilidad. La novela gira en torno a esa cosmovisión, a ese ombligo donde se arremolina el mundo, y alrededor de la ranura por donde se vuelve a escurrir.

Los pergaminos de Melquiades exprimen ese mundo circular. En ellos está inscrita la secuencia original de la historia y en sus márgenes está circunscrita la continuidad del universo. Los vagones del tren se necesitan para poder contener las pilas interminables de muertos por las masacres de las bananeras. Pero también se requieren otro tipo  de vagones y compartimientos. Cuando los habitantes de Macondo pierden la memoria, por ejemplo, el infinito se apodera de la historia y amenaza con desbordarla. No hay entonces dónde meter el universo, donde clasificar su infinidad, su multiplicidad. La enfermedad del insomnio que antes sufre el pueblo también es una amenaza para la finitud de la novela. Si no dormimos, no podemos acotar el torrente de los días, cerrarlos, dosificarlos.

Las fantasías en la novela siempre están acompañadas de un elemento concreto que las contiene: las sábanas de Remedios la bella al ascender al cielo; el chocolate caliente con que levita el padre, la alfombra sobre la que vuelan los gitanos, etc. La intuición y la irracionalidad siempre van acompañadas de un lazo lógico que las soporta y las controla. Otra vez la fuerza centrífuga oponiéndose a la centrípeta para mantener el equilibrio. La obra rompe con la racionalidad de la novela realista, potencia la plasticidad de la experiencia, el asombro frente a la realidad; juega con sus intersticios infinitos, con sus agujeros, pero como el borracho que se abandona al sueño con un pie aterrizado al suelo.

Los alardes épicos de la historia también tienen esos polos a tierra. El coronel Aureliano Buendía suscitó 32 levantamientos, pero los perdió todos; tuvo 17 hijos de 17 mujeres distintas y todos murieron asesinados la misma noche; siempre aparece ese nudo que detiene la multiplicación. Las nostalgias de sus personajes suelen toparse con una mueca de cinismo, de desconfianza, por arte del narrador que no deja que los personajes pierdan la vista en lontananza. Los arranques líricos y sus efervescencias románticas están regulados también por un aislamiento o distanciamiento irónico. Las tragedias se neutralizan con la risa, con la comicidad y el absurdo de las situaciones: a pesar de toda la dignidad que Úrsula había lucido a lo largo de su vida, acaba sus días como una muñeca saboteada por la inocencia de sus nietos; Fernanda se lamenta más por las sábanas que por la desaparición de Remedios la bella, y así.




Foto REVISTA LATITUD


Antes de morir, José Arcadio se consolaba con el sueño de los cuartos infinitos. Soñaba que se levantaba de la cama, abría la puerta y pasaba a otro cuarto igual. De ese cuarto pasaba a otro exactamente igual y así hasta el infinito. Pero una noche se quedó en  un cuarto intermedio creyendo que era el cuarto real. Ese mismo procedimiento es el que desarrolla la novela, al extenderse por galerías de espejos paralelos, pero siempre volviendo al primer reflejo de la realidad, a su primera intuición, a ese primer fogonazo frente al pelotón de fusilamiento, de manera que no se pierda el hilo de la historia, su detonación inicial. Por eso Macondo es llamado al final la ciudad de los espejos o de los espejismos. El narrador no se cansa de rotar el brillo de su inspiración de una superficie a otra, de una dimensión a otra, de una anécdota a otra, de un personaje a otro, de un nombre a otro. Y por eso la novela solo termina cuando el último de los Buendía queda encerrado en un cuarto y ya nunca puede salir, mirando su propia cara en el espejo de los pergaminos. La novela acaba justamente cuando el narrador no puede seguir conteniendo el infinito, cuando no puede aplacar la explosión en cadena del primer fogonazo, y cuando ese último Buendía ya no puede salir del primer cuarto, el de Melquíades, deslumbrado por su propia revelación infinita.

Cien años de soledad se iba a llamar <La Casa>, pero también se podría haber llamado, <El cuerpo> o cualquier otro recipiente. La novela trata sobre ese encerramiento esencial del ser humano y su necesidad de acotación para no dispersarse y desintegrarse en la muerte. Jean-Paul Sartre decía que estamos condenados a la libertad. Y lo estamos a pesar de estar encerrados, o por esa misma tautología reverberante que nos abisma en el espejo de nosotros mismos y de nuestra autonomía. Esto encaja perfectamente con los personajes de esta novela. El autor es el encargado de nivelar esa libertad infinita con las reglas de su imaginación. De lo que se trata no es de poner a volar la imaginación, sino de ponerle cauces, límites.

<<Se sintió disperso, repetido, y más solitario que nunca>>, dice el narrador sobre el coronel Aureliano Buendía. Hay constantemente esa tensión entre la repetición y la unidad, entre la rutina y la soledad: <<Cada miembro de la familia repetía todos los días, sin darse cuenta, los mismos recorridos, los mismos actos, y casi repetía las mismas palabras a la misma hora<<. La repetición de los pescaditos de oro y la refundición en otros serían para el coronel Aureliano Buendía un modo artificial de marcar el tiempo, de contenerlo, de concretarlo, de darle forma y canalizarlo. La única manera de enfrentar el infinito repetido de la realidad, sus reflejos dispersos y exponenciales, es administrarlo con una repetición limitada, o sea, con una especie de engranaje que aterrice la indefinición de las cosas, que la vuelva otro piñón, que sea su raíz cuadrada.

La búsqueda de las cosas perdidas está entorpecida por los hábitos rutinarios, dice el narrador, y es por eso que cuesta tanto trabajo encontrarlas. El novelista es quien conoce el itinerario de su propia fórmula narrativa y sabe buscar en su propia red de referencias la punta del hilo perdida que le servirá para renovar el horizonte nuevo de su narración, su variación inédita, sin caer en un error de cálculo, en un círculo vicioso el que los matemáticos expresan con el signo del infinito. Es casi un trabajo probabilístico, una forma de jugar con las combinaciones de los materiales propios, sin salirse de la esfera de ellos, de su escala inicial.

Cuando se desborda la prosperidad y la fertilidad del pueblo, cuando trasciende sus parámetros naturales, en especial cuando se multiplican los chivos, las vacas y la plata de Aureliano Segundo, Úrsula llega a decir, blandiendo esa fuerza centrífuga con que viene domesticando el infinito y la riqueza desbordante de la novela:<<Dios mío, haznos tan pobres como éramos cuando fundamos este pueblo>>. De una forma equivalente, como si fuera otra narradora que desgrana en una escala manejable la historia, Amaranta comienza a tejer su propia mortaja para poder morirse al anochecer del día en que la termine. El narrador de la novela también sabe que cuando termine de desgranar la última casilla indivisible de la soledad, su último grano impenetrable, habrá acabado la cuenta de la historia. Y solo quedará por agregar aquel apéndice postergado desde el comienzo, ese minúsculo límite definitivo: la cola de cerdo que anuncia el apocalipsis.

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Latitud / REVISTA # 1744 / 28.05.2017 / LA REVISTA DOMINICAL DE EL HERALDO / TEXTOS Y FOTOS.
Edición Número 143, Girardot, Agosto 27 de 2020

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miércoles, 12 de agosto de 2020

Edición Número 142, Girardot, Agosto 12 de 2020:-1881. LA EPIDEMIA DE VIRUELA QUE CASTIGÓ A GIRARDOT (CUNDINAMARCA)



                                                           Edición Número 142 Girardot, Agosto 12 de 2020




1881. LA EPIDEMIA DE VIRUELA QUE CASTIGÓ A GIRARDOT (CUNDINAMARCA)



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Edición Número 142, Girardot, Agosto 12 de 2020

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