miércoles, 1 de abril de 2020

Edición Número 125, Girardot, Abril 1 de 2020:-1881, EPIDEMIA DE VIRUELA EN GIRARDOT Y OTRAS PESTES



                                                            Edición Número 125 Girardot, Abril 1 de 2020



1881, EPIDEMIA DE VIRUELA EN GIRARDOT Y OTRAS PESTES

Por CARLOS ARTURO RODRÍGUEZ BEJARANO*
Facebook: Girardot Eterna




Edward Jenner. Descubridor de la vacunación




Hace mucho tiempo, antes de varias epidemias y pestes que hicieron de las suyas, desolando la dispersa y numerosa población de campesinos cultivadores de maíz, tabaco, añil, y un montón de cosas, parecía Girardot un caserío anodino y sin pergaminos, de acuerdo con visitantes, cronistas y veraneantes. Un importante funcionario de la Empresa del Ferrocarril de Girardot, Administrador General de la misma, el doctor Carlos Sáenz, en su informe periódico, escribió: “La circunstancia de ser este caserío sin importancia anterior y escaso de recursos…” Lo escribió en su informe de julio de 1881(primer informe), entregado el 1° de agosto siguiente y publicado en septiembre del mismo año en la primera edición del BOLETÍN del ferrocarril.

El 11 de julio de 1881, el gobierno de Rafael Núñez había dado inicio a los trabajos para la construcción de ese ferrocarril (el Gran comienzo), bajo la dirección técnica del ingeniero cubano Francisco Javier Cisneros, quien ocuparía por siempre en Colombia páginas en la historia de los ferrocarriles nacionales.

Girardot era casi nada, “villorrio miserable” lo denominó un viajero, pero con crecimiento poblacional constante, señalando que plagas y pestes incipientes no mellaban su destino.

Los censos poblacionales de ese tiempo muestran una población para los años 1870-1885, entre 1870 y 2000 habitantes, y  para 1872, veinte casas en su casco urbano primitivo. En el pletórico, eufórico, bienvenido, amado y deseado inicio de la verdadera modernidad, Girardot perdió el 10% de su población.

Enemigos tuvo la conformación del casco urbano y la población rural en grado sumo: la fiebre amarilla, la viruela y los incendios.

Pero, mucho antes de la construcción del primer hospital moderno ocurrió que la desgracia, la ciencia médica y el sentido común se dieron cita para afrontar una epidemia de viruela como nunca se ha vuelto a padecer por estas comarcas plenas de sol. Claro que en el pasado el enfrentamiento se realizaba con la fiebre amarilla, muy famosa y temida, más la nueva la superó con creces.

El doctor Carlos Sáenz ya mencionado, informaba a José M. Samper, Secretario de la Junta Directiva del Ferrocarril de Girardot, lo siguiente: (15 de noviembre de 1881)

“… juzgo que el señor Cisneros encontrará mucho hecho, más, talvez, si no me equivoco, de lo que ha sido posible con las epidemias que han diezmado el pueblo e inmediaciones de Girardot, y alejado por lo mismo un sin número de brazos que habríamos podido emplear con más provecho.”

José M. Samper, realizó una visita de inspección  al final de año a la vía del ferrocarril y en su informe a la Junta Directiva, cuenta sus impresiones: (20 de enero de 1882)

“El estado sanitario del distrito de Girardot ha sido muy lamentable. A más de los estragos que ha hecho la fiebre maligna (con razón o sin ella calificada de amarilla) se ha sufrido intensamente con la invasión de la viruela. Cosa de 250 casos han ocurrido, y de ellos como el 80 por 100 de defunciones; y así lo comprueba el hecho de haber quedado cerradas o abandonadas muchas casas en los campos.”

El terror a las pestes desconocidas en un medio científico cuasi inexistente, una economía agobiada por la inflación, escasez de rentas propias y permanentes, el desconocimiento de comportamientos higiénicos mínimos como el uso de jabón (se sabe del famoso ‘jabón de la tierra’), el recelo a la aplicación de vacunas y el analfabetismo, dejó espacio para decidir con los pies. Un Estado balbuceante ante muchos malos augurios.

De manera inicial la zona rural del norte de Girardot, es decir, sus veredas, con el tendido de la red ferroviaria se beneficiaron por oferta de trabajo, venta de polines, de terrenos para el paso de la vía férrea, y con toda probabilidad el sur de Tocaima, a las que se sumaron miles de obreros venidos de lugares distantes como Boyacá, Santander, Bogotá, Tolima, Huila y los cientos de soldados que por orden presidencial trabajaron en la línea desde el primer día de actividades.


PUBLICIDAD ANTIVIRUELA
https://www.who.int/features/2010/smallpox/VACCINATION_01.jpg



En 1556, a través del río Magdalena, grupos de españoles enfermos trajeron el nuevo mal a la futura Colombia. El virus de la viruela llegó cómodamente.

Con las nuevas expectativas de empleo en el ferrocarril de Girardot, se presume que con algunos inmigrantes contagiados, el virus de la viruela infestó, casi corriendo, los frentes de trabajo a su antojo. Desde 1857 a 1886 en Santander se presentaron casos de viruela, posiblemente de Bogotá también llegó. Desembarcado en Girardot el terror se convirtió en el señor y dueño de la vida de los obreros y campesinos donde se tendían las líneas. Porque el caso no trascendió en el sector urbano, excepto por la disminución de su población. Se propagó, se mantuvo en la zona rural, para luego salir en derrota.

La viruela causó estragos en particular en la vereda Guavinal y las causas para su propagación lo relacionaba el médico de la Empresa, Luis Umaña  Jimeno a: (19 de febrero de 1882)

 “…pero esto en las gentes que por su miseria,  el descuido en vacunarse, y, más que todo, por la costumbre campesina que llaman novenario y que consiste en reunirse nueve noches a rezar en la casa donde ha tenido lugar alguna defunción, buscan, por decirlo así, los gérmenes del contagio.”

Comportamientos culturales arraigados por creencias religiosas, la costumbre cerrera de asistir en masa al novenario de algún finado por cualquier causa y por qué no, alguno de viruela, que por desconocimiento e ignorancia nadie advirtió, abrió camino prontamente al contagioso virus (gratamente acompañado de tinto, aguardiente de cocina, chicha o guarapo, tamales con lunas llenas o nuevas, comida a todas manos, y una triste serenata bambuquera por el finado). Todo se complicó: la viruela hizo presencia con su parca a diestra y siniestra.

Necesario es  creer que nunca se supuso que podría presentarse en este lugar, en una vía considerada vital para conectar Bogotá con el río Magdalena y con el mundo occidental.

Los cuchicheos y chismes, noticias a medias, magnificaron el horror, probablemente con la descripción de un verdadero enfermo con rostro desfigurado o un cadáver descompuesto, muestra terrible de los estragos que producía.

Luego de más de 200 muertos, la empresa ferrocarrilera con el gobierno nacional, planeó la inmediata tarea de vacunación con pus; se combatía con inoculaciones de pus vacuno, lo más refinado en tecnología del momento. Se inició con el personal militar obrero que laboraba allí, luego con población enferma residual, y algunos pobres que no sabían a donde dirigirse. Los demás aparentemente se marcharon velozmente con lo que tenían encima. La construcción de la vía férrea se detuvo por el temor al contagio en ropas y herramientas de trabajo y sobre todo porque no se encontraron brazos para reiniciar. Durante un tiempo suficiente fue así.

Algunas familias de campesinos enfermos desesperados se prendieron fuego con sus chozas y tres pertenencias aparentemente para aplacar el endiablado virus. Otras corrieron descabezadas hasta el río Bogotá, tirándose para ahogarse o ser embestidos por caimanes aguja. El despoblamiento fue una gran tragedia.

La Administración del ferrocarril retomó lo adelantado y para acelerar el proyecto decidió comenzar otro frente de trabajo desde Tocaima, al término del proyecto inicial, para encontrase en el medio del total del kilometraje planificado. Se aceleró la actividad, hasta que en 1883, al segundo año, se finiquitó e inauguró.

El corredor ferrocarrilero se saneó, la actividad económica creció aceleradamente, pero la ciudad no contaba con un Hospital ni con un cuerpo de serenos bomberos. Girardot continuó progresando; en dieciocho años conoció una constitución política (1886), dos guerras civiles (1895 y 1899 que termina en 1902), siendo esta la  famosa ‘guerra de los mil días’, la peor peste humanitaria del siglo XIX, que hizo olvidar las otras pestes. El siglo XX en Colombia comienza en 1902. Claro que en esta guerra también regresaron las pestes de virus, gripas y demás contagios, extrañamente, débiles para generar terror como antes.

La Guerra de Los Mil Días aportó su inevitable carga de males que no era otra cosa que otras formas de morir en la lucha sin honor. Desde Girardot, el 3 de julio de 1900, el coronel Herrera le informa al ministro de Guerra que una epidemia está matando hasta veinte personas por día:

“Esta comunicación se refiere a la epidemia que se desató en La Mesa (Cundinamarca) en el mes de mayo de 1900 y que ya para principios de julio había asolado las poblaciones de Tocaima, Girardot y Flandes, al punto que en esta última no cabían los enfermos en el hospital y fue necesario construir enramadas para albergarlos.”

El hospital mencionado no era otra cosa que una enramada de estacas de payandé con techo de palma calicá. Estas heredades en tiempos de paz, dieron origen al primer hospital del distrito en 1902, que funcionó en una enramada cerca de la orilla del río Magdalena donde  fueron tratados ex combatientes venidos del Cauca, tras la última guerra.


VIRUELA EN MEXICO COLONIAL
https://www.google.com/search?q=fotos+de+viruela+en+
adultos&tbm=isch&ved=2ahUKEwjG


El Hospital comenzó a construirse en 1902, dándose al servicio  en 1906 un moderno edificio (denominado luego de su evacuación, Antiguo Hospital, sede del representativo ITUC-Instituto Técnico Universitario de Cundinamarca, hoy Universidad de Cundinamarca), y en el presente minuto sede de algunas dependencias de la administración pública de la ciudad.

A la par de la creación de Girardot, es creado un lugar especial para contener el creciente número de enfermos de Hansen. Había resurgido la bíblica enfermedad conocida como lepra por tantas causas como las anteriores. Tras estudios cuidadosos a ese lugar especial se le bautiza con el nombre de Agua de Dios, que albergará en una especie de campo de concentración, a casi toda la población leprosa de Colombia. Aparte de considerarse una verdadera maldición, se prohibió el contacto físico; así, el aislamiento eterno se consideró la mejor solución.

Esta dolorosa experiencia fue motivo de noticias, editoriales, denuncias, debates e intentos de curación.

Durante muchos años se utilizaron paliativos o placebos para combatirla.

Para 1905, aproximadamente, era visible el fermento de progreso y desarrollo que vertía la ciudad por todos lados, impulsado por el primer tramo del Ferrocarril de Girardot, considerado extraordinario para la época. La economía buena (externalidades positivas las denomina la investigación económica) proveyó oportunidades para la construcción de las primeras casas y edificios de acaudalados comerciantes en el marco de la plaza de mercado flanqueado por la insignificante construcción de la parroquia, futura primera catedral de la ciudad, así como el Club Girardot, sitio de referencia de la incipiente clase burguesa. Esta expansión superaba en tres manzanas el límite urbano de 1880. El aumento notorio de la capacidad de la flota fluvial que surcaba el río Magdalena en su parte alta, el puente Real sobre el mismo, muchos puentes menores, caminos convertidos en carreteras destapadas que inter comunicaban la pequeña ciudad con zonas lejanas, multiplicaron la lógica comercial, de servicios, momentos irrepetibles y riquezas. Es decir, el sistema capitalista convertido en el gusanito que transformaba todo para casi bien.

Pero siempre surgen paladines, y apareció uno, un hombre culto, médico graduado en la Academia de medicina de Francia y fundador de tres periódicos a lo largo de su corta vida. Un destacado intelectual, periodista y hombre abnegado en su pasión por curar la lepra griega, el médico, Dr. Aníbal Villa Navarro, fundador en 1906 del primer periódico de la historia de Girardot, EL ESFUERZO. Anunciaba  en su periódico:

“EUFORBINA de Aníbal Villa Navarro.…El más eficaz y seguro antídoto contra las mordeduras de serpientes y animales hidrófobos, picadas de insectos ponzoñosos como mosquitos, arañas, escorpiones, chinches, etc….Obra con sorprendente rapidez y la curación es infalible, siempre que se use de acuerdo con la receta….Este remedio está patentado por el Gobierno de Colombia y se vende en todas las boticas y en el comercio…Depósito central; Casa de Aníbal Villa Navarro, Girardot, Colombia, Sur América. Se solicitan agencias.”

El miedo a perder su vida y la de su ganado, que sumaban todas  sus vidas, garantizó el éxito del elíxir. En esas lejanas épocas cuajadas aún de bosques, la mordedura por serpientes era una constante, pues las actividades económicas importantes se desarrollaban en el campo agrícola y pecuario.

Villa Navarro conocía perfectamente la región desde varios años atrás, cuando comenzó su zaga contra la lepra griega.

En esos tiempos, existía infundado temor a adquirir la lepra, cuya máxima expresión para la desgracia del ser humano colombiano se expresaba en el lazareto de Agua de Dios, situado a veinte kilómetros de Girardot. Se convirtió en asunto corriente en una región  escasa de civilización.

Su ingenio para promocionar el producto no tuvo límites mientras estuvo al frente del periódico: Decía, seguramente el mismo Villa Navarro, que el General Uribe Uribe además de demostrar que la fiebre amarilla se cura fácilmente según los procedimientos del Dr. Lacerda, también asegura que la “EUFORBINA de Villa Navarro no tiene rival como antídoto contra las mordeduras de serpientes”. Con el general eran amigos y conmilitones durante la más reciente guerra.  La audacia mayor estuvo en la panacea de un producto para derrotar la lepra griega:

“Específico contra la lepra  del Inventor Aníbal Villa Navarro patentado por el Gobierno de Colombia. Complacidos ofrecemos al público este precioso remedio que ha dado los más felices resultados en el tratamiento de la lepra griega. Depósito central: casa de su inventor en Girardot. República de Colombia, América del Sur. Despachamos inmediatamente a cualquier parte del mundo todo pedido que se haga de este específico, siempre que venga acompañado de su valor. Precio del frasco $ 10.00 oro. Garantizamos el éxito, si el enfermo persevera en el uso del específico… Se obsequia el específico a todo aquel que quiera curarse bajo nuestra inspección. Cuidado con las imitaciones y alerta con las emulaciones.”

Aníbal Villa Navarro falleció a mediados de 1908. Quizás sus intuiciones sean de interés para alguien. En 25 años cualquier cantidad de horror por esos virus y pestes y plagas, intentaron acallar la ciudad. Muchas fueron noticias falsas.
_________________
ADMINISTRADOR Y COMPILADOR: CARLOS ARTURO RODRÍGUEZ BEJARANO
­­­­­­­­­­­­­­____________________
* Con apoyo en EL BOLETÍN DEL FERROCARRIL DE GIRARDOT / PERIÓDICO EL ESFUERZO DE GIRARDOT/ LOS GUERRILLEROS DEL NOVECIENTOS (CARLOS EDUARDO JARAMILLO)


Edición Número 125, Girardot, Abril 1 de 2020

**



*

viernes, 27 de marzo de 2020

Edición Número 124, Girardot, Marzo 27 de 2020:-JOSÉ HILARIO LÓPEZ



                                                            Edición Número 124 Girardot, Marzo 27 de 2020



JOSE HILARIO LOPEZ

(Ex presidente de la Nueva Granada 1849-1853)

POR MILTON PUENTES*


JOSÉ HILARIO LÓPEZ (1849-1852)




JOSÉ HILARIO LÓPEZ ERA PRESIDENTE  DE LA NACIÓN CUANDO SE CREÓ EL DISTRITO PARROQUIAL DE GIRARDOT EN 1852

El general José Hilario López (1798-1869) marca, en el terreno político del siglo pasado, un jalón luminoso inconfundible, y es el símbolo de las más afirmativas trasformaciones de la vida civil de la nacionalidad. Muchas de estas trasformaciones fueron hijas del empeño romántico de la impetuosa juventud que colaboró en su gobierno; y algunas fueron hasta prematuras mutaciones de la vida nacional; pero que, en todo caso, fueron también señales inequívocas de la vida nueva, sana y robusta de la república.

La personalidad de López es una de las más interesantes de cuantas figuran en nuestra vida democrática. “Ninguna después de Bolívar, aparece más notable ni de mayor trascendencia que la de aquel honrado y nobilísimo patriota”.

No tenía un fondo doctrinario clásico como Santander. Al escoger los colaboradores de su gobierno, vaciló entre sus antiguos compañeros y la nueva generación golgotiana. Pasada su administración se retiró de los gólgotas, para militar en los predios derechistas de los draconianos.

Nació para la lucha, para batallar, para no descansar en la brega. Fue un hombre de presa, con garras, como un ave de rapiña. Todo lo que fue, lo que alcanzó, lo hizo por la patria y para la patria. En la guerra magna, en la Gran Colombia, en la Nueva Granada, en la Confederación Granadina y en los Estados Unidos de Colombia, López es guerrero, caudillo, político, consejero, diplomático y magistrado, del que no se puede prescindir. Es él, durante toda su vida, expresión viva y carnal de la república. Como su hermano, el general Laureano López, desde pequeño buscó los campos horrísonos de la guerra, húmedos de sangre y cebrados por los rayos.

Cuando niño, su familia pierde todos sus bienes de fortuna, y el chicuelo tiene que someterse a los más rudos y humildes trabajos para poder ganar el sustento. Muere su padre, y su madre enloquece por la amargura. Pero el corazón del huérfano no desfallece ni se acobarda ante las fuerzas de la existencia. López ha nacido con una alma destinada para un gran futuro, es un predestinado; esa alma lo alienta, palpita en su ser como una llama inmensa, como un volcán que quisiera estallar. Y lo lleva por el camino de su destino, lo empuja hacia los ejércitos sublimes que combaten por la libertad americana. Y cuando viste el uniforme de alférez, teniendo apenas quince años, y marcha con las dianas a las batallas, presiente, con maravillosa clarividencia, que va hacia su meta, en pos de su misión y que más adelante conseguirá una espada y que con ella trepará a las más altas cumbres.

Y el fuego que lleva en su pecho lo arrebata en las batallas, lo lanza despedido contra las trincheras enemigas, y en todas las horas de la guerra lo anima y lo alienta en la contienda. Un día desgraciado cae prisionero en poder de los ejércitos de Fernando VII y se le condena a ser fusilado, mas recibe tranquilo la cédula de muerte, hace con ella un cigarrillo y se lo fuma impasible; pero su gran destino lo salva y cuando la patrulla de ejecución va a dispararle, se le conmuta la pena. Va entonces a dar a los calabozos realistas, a los mismos que aprisionan a Vicente Azuero, a ese joven extraordinario que más tarde ha de ser un  símbolo de altivez y de fina inteligencia. Y allí, en la mazmorra, se desenvuelven tres largos años de penalidades, de amarguras infinitas, de humillaciones dolorosas para esas dos almas juveniles, hermanas en sus ansias inmensas de libertad y en sus anhelos de redención patria.

Días antes de la batalla de Boyacá, López es puesto en libertad, y él aprovecha esa circunstancia para trasladarse a La Mesa y allí ayudar a una fuga audaz de su compañero, cuando era conducido a Cartagena. De esa manera ambos se salvan para el bien de Colombia.
DIBUJO DE CABALLERO


López sigue luego a Venezuela a proseguir con Bolívar y con Páez la contienda por la libertad de aquel pueblo. Se halla en violentos combates y en todos se distingue por su arrojo, por su intrepidez, por su bravura. Después, en obedecimiento de órdenes de Bolívar, va al sur y no descansa un momento en las interminables campañas para someter las constantes sublevaciones de Pasto contra el régimen republicano. Sus grandes méritos lo han ido enalteciendo y ya ciñe las trencillas de coronel, ya tiene en su cintura esa espada inquieta, relampagueante y afanosa de glorias.

López no tiene una cultura intelectual. Su vida no le ha dejado tiempo para el estudio; pero él, que quiere ser grande, que se siente llamado por el hado de la fortuna, busca los libros, medita sobre ellos, analiza la vida tierna de su patria que acaba de nacer, y piensa desvelado en sus días venturos. Se forma una conciencia de las circunstancias y comprende cuál es el porvenir de su pueblo. Sabe que se ha luchado mucho por conseguir una libertad, una independencia del yugo extranjero y por eso ve que su país sólo puede ser gobernado por instituciones que garanticen esa libertad y en las que sólo el pueblo sea el supremo dueño de sus propios destinos. De ahí que cuando Tomás Cipriano de Mosquera llega a Colombia procedente del Perú, en misión confidencial de Bolívar para hacer conocer la Constitución Boliviana, López, inmediatamente, considera esa Carta como obra semimonárquica, y arrogantemente moteja a Mosquera de servil y de desleal a la república.

Pero los días corren con su tropel de hechos rudos. Bolívar, en una lamentablemente caída de su indomable espíritu, desconoce la legalidad y se hace dictador. Entonces López, unido a José María Obando, ese guerrillero inflamado y trágico, llama sus milicias en el sur y ambos se enfrentan a la dictadura del Liberador-Presidente. Mosquera salta a combatirlos, pero ellos lo vencen en La Ladera y, más tarde, se enfrentan a Córdoba y al propio Bolívar.

En esos días el Perú desconoce la soberanía de Colombia en sus provincias de Jaén y Mainas y la guerra estalla con el ingrato gobierno peruano. López y Obando cometen entonces una grave falta contra los intereses patrios -así lo reconocieron con amargura más luego-, por no haber depuesto inmediatamente las armas. Pero después se entienden con Bolívar y viene un afortunado avenimiento en Juanambú, casi en los mismos días de la batalla del Portete de Tarqui.

López y Obando son en el sur dos centinelas insomnes, dos azores vigilantes. Nunca están tranquilos. No duermen, viven en completo desvelo, afilando sus espadas. Cuando algún acontecimiento nacional turba la quietud, ellos saltan y rugen como dos leones. Despedazada la vida legal de Colombia por la dictadura de Urdaneta, inmediatamente los dos jefes del sur organizan ejércitos y avanzan sobre Bogotá, para restablecer la legalidad, con su inteligencia y su brazo. Los servicios prestados en esos días a la patria por esos dos titanes, por esos dos paladines, son muy grandes y de extraordinaria importancia. Sin su inmediata y brava acción la república hubiera rodado quien sabe por qué abismos de anarquía y de tribulaciones.

López es un hombre sumamente inteligente, con un aire de contención y de prudencia gallardísimas, es un benedictino estudioso de los problemas nacionales y tiene en el fondo de su corazón un profundo interés civil por las grandes inquietudes de la república. Cada vez que horas sombrías se presentaban en el porvenir nacional, López es elemento de juicio y de consulta. En la presidencia, en los ministerios, en las gobernaciones y en el exterior le sirvió con profundo amor a la patria.

Cuando vio al país libre de sus primeros azorantes peligros, se alejó de la nueva granada para representarla ante la Santa Sede. A su regreso ardía la guerra del 40. Vencidos los Liberales Progresistas, se retira a la vida privada, y en su hacienda de Laboyos estaba, entregado a las labores agrícolas, cuando el partido liberal fue a solicitarle que aceptara la candidatura para la presidencia de la república. Sin ambiciones, sin devorantes deseos de gloria y sólo con el propósito de servirle a la patria, acepta la postulación de su nombre.

La ruidosa elección del 7 de marzo le trae toda suerte de intonsos y adocenados ultrajes de la prensa conservadora. No hubo dicterio, por soez que fuera, que no se le aplicara, ni dilacerante frase que no desgarrara su alma bondadosa. Sin embargo, quiso hasta última hora sobreponerse a esos insultos de inaudita violencia y hacer un gobierno con la colaboración de los dos partidos. Formó su ministerio con Manuel Murillo Toro, Francisco Javier Zaldúa y José María Rojas Garrido. Le ofreció la cartera de relaciones exteriores al doctor Pedro Fernández Madrid, distinguidísimo conservador, pero no la aceptó; y para darle al conservatismo plenas garantías y seguridades de respeto, nombró al general José Acevedo ministro de guerra y marina, y dejó a casi todos los empleados conservadores que tenía Mosquera en su administración. Nada, sin embargo, detuvo la ruda energía sectaria de los adversarios.

Ante esta ciega actitud, resolvió al fin López hacer un gobierno de partido y llamar a los elementos liberales más avanzados para colaborar en su gobierno, y con el equipo ardiente y exagerado de los gólgotas efectúa la más afirmativa revolución civil que haya tenido el país en toda su vida independiente.


PLACA DE LA TUMBA ORIGINAL DE JOSÉ HILARIO LÓPEZ
EN CAMPOALEGRE (HUILA).
AUTOR: KNOMRM. WIKIPEDIA


Su bella y candorosa generosidad nunca se amenguó, ni siquiera en las horas de mayor fragor político. En su gobierno tomaron poderoso aliento las Sociedades Democráticas, las que en algunos lugares de la república, como el Cauca, organizaron los grupos de "zurriagueros", que cometieron intolerables atropellos, que Murillo Toro calificó, con amarga broma, de "retozos democráticos". Inmediatamente que López se entera de estas anormalidades, y ante los informes contradictorios que recibía, resolvió ir personalmente a esa región a estudiar la forma de dar plenas garantías a todos los ciudadanos. Dejó encargado del poder, desde el 14 de octubre del 51, al 21 de enero del 52, al vicepresidente don José de Obaldía; fue al Cauca y con mano de hierro restableció la tranquilidad. Terminada la guerra del 51, las prisiones quedan colmadas de presos políticos; pero López, con noble afán, presiona al congreso para que expida inmediatamente una gallarda y munificente ley de amnistía.

Hay en el gobierno de López un hecho extraordinario, que relieva el brillante sentido civil de este adamantino apóstol de la democracia. En su deseo de que el poder judicial permaneciera en una absoluta y completa apoliticidad, el presidente López censuró la organización de ese poder, tal como estaba establecido hasta entonces. La Corte Suprema "consideró sus declaraciones injuriosas" y dirigió una protesta a las cámaras, por las palabras del presidente. En presencia de este conflicto López presentó, el 30 de marzo del 52, su renuncia de la presidencia ante el congreso, porque pensaba que la pugna surgida fuera moralmente perjudicial para el poder judicial, al que consideraba como “base fundamental del sistema republicano y como al más respetable de todos los poderes de un pueblo culto”.

Qué noción esa suya tan pura de lo que debe ser una república democrática y qué diferente esa actitud a la adoptada más tarde por la Regeneración, cuando por medio de la ley 147 de 1888, llamada ley de trashumancia, que facultaba al ejecutivo para trasladar a regiones inhospitalarias a los jueces y magistrados que no obraban de acuerdo con determinados intereses políticos; y la 100 de 1892, que dejaba también en manos del Ejecutivo la facultad para el nombramiento de jueces, convertía el poder judicial en la más vergonzosa y atrabiliaria de las maquinarias políticas. Así obraba -¡cosa increíble, aberrante e injurídica! – el paradójico “partido del orden”.

López no era un pensador de profundas doctrinas cívico-liberales; más en la práctica del poder dio inolvidables ejemplos de respeto y acatamiento al espíritu civil de la democracia. En el gobierno de Márquez, por ejemplo, ocupaba la cartera de guerra y marina; pensó que esa administración debía organizar la república con hombres de más fino tacto civil y que, por consiguiente, era necesario el alejamiento del gobierno de los prestigios militares. Le insinuó esa idea al presidente Márquez y, para que este la pusiera en práctica, renunció irrevocablemente el ministerio que le había confiado.

Después de su período presidencial, López continúa prestando muy importantes servicios a la patria. En todo momento su espada estuvo preparada para defender las instituciones legalistas. Cuando la dictadura de Melo, fue López su mayor enemigo y posiblemente, sin su esfuerzo para derrocar al dictador, la república hubiera sufrido muy largos quebrantos. En defensa de la legalidad obró también fieramente cuando Mosquera declaró la dictadura en 1867. Amigo dilecto del Gran General, pero respetuoso de la legalidad, no quiso ayudarlo en la guerra del 60, y sólo tomó las armas cuando comprendió que las intenciones del presidente Ospina eran fúnebremente amenazantes para el partido liberal.

El liberalismo vio en López al caudillo de toda su confianza. En 1865 pensó nuevamente en ungirlo con sus votos para la primera magistratura y en contraposición a la candidatura de Mosquera.

Era alto, arrogante, rubio, con un alma sellada para el estéril odio. Tenía un acertado criterio práctico, muy parecido al del general Benjamín Herrera. Popayán fue su cuna, en 1798, y en Campoalegre se apagó su existencia, en 1869. Su nombre no podrá ser olvidado jamás por las juventudes revolucionarias de Colombia.

­­­­­­­­­­­­­­­­­________________
ADMINISTRADOR Y COMPILADOR: CARLOS ARTURO RODRÍGUEZ BEJARANO
________________
*MILTON PUENTES / HISTORIA DEL PARTIDO LIBERAL COLOMBIANO / TALLERES GRAFICOS MUNDO AL DIA / BOGOTA /1942
LUIS FELIPE USCÁTEGUI (Miniaturista)
________________
OPINIÓN DE SIMÓN BOLÍVAR SOBRE JOSÉ HILARIO LÓPEZ VALDÉS:

En el “Diario de Bucaramanga” se lee: “José Hilario López es un hombre sin delicadeza y sin honor, un malvado, un fanfarrón ridículo lleno de viento y de vanidad, es un verdadero Quijote. Lo poco que ha leído, lo poco que sabe, le hace creer que es muy superior a los demás. Sin valor, sin espíritu militar se cree capaz de mandar y poder dirigir un ejército. Todo su saber consiste en el engaño, la perfidia y la mala fe”.
______________
NOTA: Cuando Girardot se constituye en Distrito Parroquial el 9 de octubre de 1852, José Hilario López fungía como presidente. La fracción mayoritaria del liberalismo (gólgotas) lo llevó al máximo cargo político de la Nueva Granada. El nuevo Distrito se ubicaba en el Cantón de Tocaima, pero cercenado de éste; la decisión de su nueva vida política, administrativa y jurídica la refrendó la Cámara Provincial del Tequendama mediante Ordenanza (hoy su equivalente y denominación es Asamblea Departamental).
Se colige que la influencia de los gólgotas radicales fue importante para la aprobación de la Ordenanza, confirmar el nombre que su población había escogido y defender luego en la misma Cámara la creación del reciente Distrito, pues los indignados políticos de Tocaima se constituyeron en los más enconados rivales de Girardot. No lo lograron, una visión de futuro, un presagio, talvez, mantuvo al puerto sobre el río Magdalena con vida política independiente. Y no se equivocaron. El presente lo demuestra.
Como síntesis, un accionar lacerante, inevitable, del periplo lopista durante 4 años -1849-1853.
Se podría afirmar que el período de presidencial de José Hilario López contribuyó a la ruptura del legado colonial: “Libertad definitiva de los esclavos, represada desde 1821, expulsión de los jesuitas, inicio de la Comisión Corográfica, eliminación del monopolio del tabaco, supresión de la pena de muerte, eliminación de los resguardos y la prisión por deudas; restablecimiento de la libertad de prensa y el juicio por jurados, limitación del sistema de crédito eclesiástico y mayores atribuciones administrativas y presupuestales como el impuesto a la renta”. 
(CARLOS ARTURO RODRÍGUEZ BEJARANO)



Edición Número 124, Girardot, Marzo 27 de 2020

**



*